11M: El azar y la necesidad
En 1970 el biólogo Jacques Monod publicó su célebre ensayo sobre filosofía de la Ciencia “El azar y la necesidad”, en el que venía a concluir la incompatibilidad de la fe con el conocimiento científico.
El Universo no estaba preñado de la vida, ni la biosfera del hombre. Nuestro número salió en el juego de Montecarlo. ¿Qué hay de extraño en que, igual que quien acaba de ganar mil millones, sintamos la rareza de nuestra condición? .
Paradójicamente, el título del libro está tomado de una cita de Demócrito, que a un lego en filosofía de la Ciencia le sugiere todo lo contrario que a Monod: Todo lo que existe en el mundo es fruto del azar y de la necesidad. Sin negar la existencia del caos, se apunta que debe haber algún principio rector, el cual, de alguna insospechada forma, rija el cosmos en una dirección determinada.
¿Qué hay de azar y qué de necesidad en el 11-M? He aquí la pregunta obligada, habida cuenta de que (al menos nosotros) no disponemos de ningún dato sobre la autoría real. Para abordarla, la intuición nos lleva a reflejar sus dos polos. En medio de ellos cabrían infinitas situaciones intermedias.
Si todo ha transcurrido tal y como los asesinos planearon (la necesidad), la identidad de estos no plantea mayores dificultades. Tampoco habría dudas de su futuro desenmascaramiento. Esta sería la tesis del “cambio de Régimen”, que tiene a su favor el principio científico de la preferencia por la hipótesis más sencilla. Su punto flaco estaría en el comportamiento a lo largo de todo el proceso de aquellos que, en principio, saldrían perjudicados con el nuevo “statu quo”. Como siempre dice swing, de la mochila a Leganés, e incluso más allá, todo es obra de polis PP.
Podemos buscarnos explicaciones todo lo retorcidas que queramos (traiciones, complicidades…), pero así no llegamos al cogollo de la cuestión: ¿por qué Aznar se plegó (y se pliega) al golpe?
En el polo opuesto, cabría pensar que la infinidad de variables que pudieran operar entre el 11 y el 14 de marzo harían absolutamente imprevisible el desenlace de los acontecimientos (el azar).
Basta preguntarse qué hubiera pasado si a las 14:00 del mismo 11 de marzo se hubieran hecho públicos los resultados del análisis de los explosivos, o si el Ministerio del Interior hubiera decretado el absoluto secreto de las investigaciones hasta bastante después de las elecciones. El Gobierno tendría sus razones (más o menos inconfesables) para hacer lo que hizo, pero podría haber hecho justo lo contrario.
El carácter absolutamente chapucero del encumbrimiento de la masacre (que se prolonga hoy hasta las más altas instancias judiciales del país) induce a pensar en una dinámica caótica, cuyo desenlace no es otro que la resultante de fuerzas muy variadas, tanto en dirección como en intensidad. Nada tan ilustrativo como la pastelera sentencia de Bermúdez.
En este polo la identificación de los autores no es que sea difícil, sino que es imposible. ¿Hacia qué lado tiraba cada uno de los siniestros participantes? Si consideramos que la parte triunfadora fue aquella que, aleatoriamente, gestionó mejor un post-11M que le era ajeno, estaríamos menospreciando la capacidad estratégica de las mentes que planificaron el golpe, tan diabólicas como inteligentes.
¿Diseñar y ejecutar el más brutal atentado terrorista de la historia de Europa para, al final, acabar dependiendo de gente como Sánchez Manzano o, lo que es peor, como Rodríguez Zapatero? No lo parece.
Hasta tal punto esta teoría del azar dificultaría conocer a los autores que, en teoría, pudiera ser cualquiera. Por ejemplo, supongamos que sectores “antinacionalistas” de las cloacas se hubieran planteado dar un golpe de timón. Para ello, provocarían una masacre imputable a ETA, que quedaría abocada a su desaparición. Y, con ella, la del nacionalismo vasco y catalán (asunto Perpignan-Carod). Enterados (previa o posteriormente) sectores opuestos de las mismas cloacas, se daría oportunamente la vuelta a la tortilla para pasar de acosados a acosadores. Y gozando de la impunidad que daría la mala conciencia de la otra parte.
Como esta, podemos formular decenas de hipótesis coherentes, pero todas adolecerían del factor teleológico, de la mano que mece la cuna, del “genio” que habita en los sueños de los niños.
¿Cómo conciliar el azar y la necesidad? Invirtamos el proceso. Partamos de la base (más que probable) de que estemos ante un atentado terrorista de servicios secretos (valga la redundancia). Ahora, intentemos comparar la situación actual de España con la anterior al 11-M. ¿Qué cambios relevantes apreciamos directamente achacables al atentado?
A nivel internacional, España ha sido bruscamente separada del Eje Atlántico, sin que paralelamente encontrara acomodo en un hipotético frente franco-alemán, sino más bien como comparsa de los países gamberros.
En el orden interno hay que hilar más fino. Cierto es que el nacionalismo se ha zafado del acoso y que nos encaminamos irremisiblemente hacia una federalización de grotescos reinos de taifas. No menos cierto es que la verdadera izquierda ha desencadenado una ofensiva de valores anticristianos y antioccidentales.
No obstante, todos estos efectos hubieran sido igualmente previsibles (aunque retardados) en caso de haber ganado el PP las elecciones de 2004 sin mayoría absoluta.
Entonces, ¿qué han conseguido los golpistas?
Me atrevo a lanzar otra hipótesis. Para ello, empiezo citando a Pedro J. en una de sus epístolas, refiriéndose a la Revolución Cultural en China:
[Mao] creía llegada la hora no sólo de derribar estatuas -todas, menos la suya- sino también de romperles la crisma a sus modelos. Para los jóvenes Guardias Rojos, diablillos empujados a una orgía de violencia contra sus profesores y sus propios padres, el cayado del Rey Mono se transfiguró de báculo en garrote.
Mao tenía claro que «para enderezar un error es necesario traspasar los límites establecidos» y ello requería gente capaz de comportarse de manera «salvaje y ruda». Pero, sobre todo, disfrutaba escandalizando a los jerarcas comunistas aburguesados por la buena vida y obligándoles a emprender la huida hacia delante de la revolución permanente.
http://reggio.wordpress.com/2008/09/14/the-monkey-king-de-pedro-j-ramirez-en-el-mundo/
Más de veinte años después del 23-F, las cloacas se habían aburguesado. Qué atrás habían quedado los tiempos en que se llevaban a Suárez a la Cuesta a enseñarle las fotos que le habían hecho con miras telescópicas, o en los que cuando pasaba algo importante “había por allí coches de los servicios secretos”. De chapuza en chapuza hasta la derrota final: los pinchazos a Batasuna, la operación Mengele, ¿el atentado a Aznar?...Como diría Cebrían, el futuro no es lo que era.
El relevo generacional estaba haciendo estragos en las cloacas. Nuevos políticos, nuevos empresarios, nuevos periodistas estaban llegando a los sectores claves de la sociedad, sin haber sido “bautizados” en los intríngulis de la cloacocracia. El recuerdo de la época de los dossieres y las cintas de vídeo era más lejano de lo que el poco tiempo transcurrido haría pensar.
Había que sacar a los diablillos a pasear, antes de que la influencia de los servicios secretos en la política española fuera sólo una anécdota.
¿Cuál es el escenario tras el paso de los diablillos? España, un país abierto en canal. Judicatura, fiscalía, fuerzas de seguridad del Estado, Ejército, prensa, partidos políticos, sindicatos, intelectuales y la propia ciudadanía no son/somos hoy otra cosa que peleles envilecidos y atenazados por un crimen monstruoso que todos conocen pero que nadie se atreve a denunciar. El escenario soñado por la cloacocracia terrorista .
Todo es como tirar una enorme piedra en la orilla de un lago, alejándose después tranquilamente, mientras los que han sido salpicados se enzarzan en una espiral de mutuos reproches. Lo de menos es quién de ellos acabe pateando al otro. El que gana es el que tira la piedra. Aquí, además, sin esconder la mano.
Por eso no hay reivindicación del atentado. Por eso no hay “verdaderas” pruebas falsas. Por eso desemboca todo en un empate infinito. En definitiva, por eso no estamos ante un atentado de falsa bandera, sino ante un “atentado sin bandera”. Estrategia de la tensión pura y dura.
Quizás, si la tarjeta de la bolchila hubiera apuntado a San Juan de Luz, los peones negros estarían/estaríamos reclamando la inocencia de algún Oskar Pérez frente al desprecio de los mismos bienpensantes corrompidos.
El azar: la victoria en las elecciones de uno u otro partido, la imposición de una versión oficial basada en el agua o en el aceite. El Titadyne o la Goma-2.
La necesidad: la restauración del poder cloacocrático, despojando a la sociedad de cualquier dignidad y capacidad crítica.
Tucco/Rolón


