jueves, diciembre 04, 2008

11M: El azar y la necesidad

En 1970 el biólogo Jacques Monod publicó su célebre ensayo sobre filosofía de la Ciencia “El azar y la necesidad”, en el que venía a concluir la incompatibilidad de la fe con el conocimiento científico.

El Universo no estaba preñado de la vida, ni la biosfera del hombre. Nuestro número salió en el juego de Montecarlo. ¿Qué hay de extraño en que, igual que quien acaba de ganar mil millones, sintamos la rareza de nuestra condición? .

Paradójicamente, el título del libro está tomado de una cita de Demócrito, que a un lego en filosofía de la Ciencia le sugiere todo lo contrario que a Monod: Todo lo que existe en el mundo es fruto del azar y de la necesidad. Sin negar la existencia del caos, se apunta que debe haber algún principio rector, el cual, de alguna insospechada forma, rija el cosmos en una dirección determinada.

¿Qué hay de azar y qué de necesidad en el 11-M? He aquí la pregunta obligada, habida cuenta de que (al menos nosotros) no disponemos de ningún dato sobre la autoría real. Para abordarla, la intuición nos lleva a reflejar sus dos polos. En medio de ellos cabrían infinitas situaciones intermedias.

Si todo ha transcurrido tal y como los asesinos planearon (la necesidad), la identidad de estos no plantea mayores dificultades. Tampoco habría dudas de su futuro desenmascaramiento. Esta sería la tesis del “cambio de Régimen”, que tiene a su favor el principio científico de la preferencia por la hipótesis más sencilla. Su punto flaco estaría en el comportamiento a lo largo de todo el proceso de aquellos que, en principio, saldrían perjudicados con el nuevo “statu quo”. Como siempre dice swing, de la mochila a Leganés, e incluso más allá, todo es obra de polis PP.

Podemos buscarnos explicaciones todo lo retorcidas que queramos (traiciones, complicidades…), pero así no llegamos al cogollo de la cuestión: ¿por qué Aznar se plegó (y se pliega) al golpe?

En el polo opuesto, cabría pensar que la infinidad de variables que pudieran operar entre el 11 y el 14 de marzo harían absolutamente imprevisible el desenlace de los acontecimientos (el azar).

Basta preguntarse qué hubiera pasado si a las 14:00 del mismo 11 de marzo se hubieran hecho públicos los resultados del análisis de los explosivos, o si el Ministerio del Interior hubiera decretado el absoluto secreto de las investigaciones hasta bastante después de las elecciones. El Gobierno tendría sus razones (más o menos inconfesables) para hacer lo que hizo, pero podría haber hecho justo lo contrario.

El carácter absolutamente chapucero del encumbrimiento de la masacre (que se prolonga hoy hasta las más altas instancias judiciales del país) induce a pensar en una dinámica caótica, cuyo desenlace no es otro que la resultante de fuerzas muy variadas, tanto en dirección como en intensidad. Nada tan ilustrativo como la pastelera sentencia de Bermúdez.

En este polo la identificación de los autores no es que sea difícil, sino que es imposible. ¿Hacia qué lado tiraba cada uno de los siniestros participantes? Si consideramos que la parte triunfadora fue aquella que, aleatoriamente, gestionó mejor un post-11M que le era ajeno, estaríamos menospreciando la capacidad estratégica de las mentes que planificaron el golpe, tan diabólicas como inteligentes.

¿Diseñar y ejecutar el más brutal atentado terrorista de la historia de Europa para, al final, acabar dependiendo de gente como Sánchez Manzano o, lo que es peor, como Rodríguez Zapatero? No lo parece.

Hasta tal punto esta teoría del azar dificultaría conocer a los autores que, en teoría, pudiera ser cualquiera. Por ejemplo, supongamos que sectores “antinacionalistas” de las cloacas se hubieran planteado dar un golpe de timón. Para ello, provocarían una masacre imputable a ETA, que quedaría abocada a su desaparición. Y, con ella, la del nacionalismo vasco y catalán (asunto Perpignan-Carod). Enterados (previa o posteriormente) sectores opuestos de las mismas cloacas, se daría oportunamente la vuelta a la tortilla para pasar de acosados a acosadores. Y gozando de la impunidad que daría la mala conciencia de la otra parte.

Como esta, podemos formular decenas de hipótesis coherentes, pero todas adolecerían del factor teleológico, de la mano que mece la cuna, del “genio” que habita en los sueños de los niños.

¿Cómo conciliar el azar y la necesidad? Invirtamos el proceso. Partamos de la base (más que probable) de que estemos ante un atentado terrorista de servicios secretos (valga la redundancia). Ahora, intentemos comparar la situación actual de España con la anterior al 11-M. ¿Qué cambios relevantes apreciamos directamente achacables al atentado?

A nivel internacional, España ha sido bruscamente separada del Eje Atlántico, sin que paralelamente encontrara acomodo en un hipotético frente franco-alemán, sino más bien como comparsa de los países gamberros.

En el orden interno hay que hilar más fino. Cierto es que el nacionalismo se ha zafado del acoso y que nos encaminamos irremisiblemente hacia una federalización de grotescos reinos de taifas. No menos cierto es que la verdadera izquierda ha desencadenado una ofensiva de valores anticristianos y antioccidentales.
No obstante, todos estos efectos hubieran sido igualmente previsibles (aunque retardados) en caso de haber ganado el PP las elecciones de 2004 sin mayoría absoluta.
Entonces, ¿qué han conseguido los golpistas?

Me atrevo a lanzar otra hipótesis. Para ello, empiezo citando a Pedro J. en una de sus epístolas, refiriéndose a la Revolución Cultural en China:

[Mao] creía llegada la hora no sólo de derribar estatuas -todas, menos la suya- sino también de romperles la crisma a sus modelos. Para los jóvenes Guardias Rojos, diablillos empujados a una orgía de violencia contra sus profesores y sus propios padres, el cayado del Rey Mono se transfiguró de báculo en garrote.

Mao tenía claro que «para enderezar un error es necesario traspasar los límites establecidos» y ello requería gente capaz de comportarse de manera «salvaje y ruda». Pero, sobre todo, disfrutaba escandalizando a los jerarcas comunistas aburguesados por la buena vida y obligándoles a emprender la huida hacia delante de la revolución permanente.


http://reggio.wordpress.com/2008/09/14/the-monkey-king-de-pedro-j-ramirez-en-el-mundo/

Más de veinte años después del 23-F, las cloacas se habían aburguesado. Qué atrás habían quedado los tiempos en que se llevaban a Suárez a la Cuesta a enseñarle las fotos que le habían hecho con miras telescópicas, o en los que cuando pasaba algo importante “había por allí coches de los servicios secretos”. De chapuza en chapuza hasta la derrota final: los pinchazos a Batasuna, la operación Mengele, ¿el atentado a Aznar?...Como diría Cebrían, el futuro no es lo que era.

El relevo generacional estaba haciendo estragos en las cloacas. Nuevos políticos, nuevos empresarios, nuevos periodistas estaban llegando a los sectores claves de la sociedad, sin haber sido “bautizados” en los intríngulis de la cloacocracia. El recuerdo de la época de los dossieres y las cintas de vídeo era más lejano de lo que el poco tiempo transcurrido haría pensar.

Había que sacar a los diablillos a pasear, antes de que la influencia de los servicios secretos en la política española fuera sólo una anécdota.

¿Cuál es el escenario tras el paso de los diablillos? España, un país abierto en canal. Judicatura, fiscalía, fuerzas de seguridad del Estado, Ejército, prensa, partidos políticos, sindicatos, intelectuales y la propia ciudadanía no son/somos hoy otra cosa que peleles envilecidos y atenazados por un crimen monstruoso que todos conocen pero que nadie se atreve a denunciar. El escenario soñado por la cloacocracia terrorista .

Todo es como tirar una enorme piedra en la orilla de un lago, alejándose después tranquilamente, mientras los que han sido salpicados se enzarzan en una espiral de mutuos reproches. Lo de menos es quién de ellos acabe pateando al otro. El que gana es el que tira la piedra. Aquí, además, sin esconder la mano.

Por eso no hay reivindicación del atentado. Por eso no hay “verdaderas” pruebas falsas. Por eso desemboca todo en un empate infinito. En definitiva, por eso no estamos ante un atentado de falsa bandera, sino ante un “atentado sin bandera”. Estrategia de la tensión pura y dura.

Quizás, si la tarjeta de la bolchila hubiera apuntado a San Juan de Luz, los peones negros estarían/estaríamos reclamando la inocencia de algún Oskar Pérez frente al desprecio de los mismos bienpensantes corrompidos.

El azar: la victoria en las elecciones de uno u otro partido, la imposición de una versión oficial basada en el agua o en el aceite. El Titadyne o la Goma-2.

La necesidad: la restauración del poder cloacocrático, despojando a la sociedad de cualquier dignidad y capacidad crítica.

Tucco/Rolón

miércoles, mayo 23, 2007

Miedo recurrente

R. es un joven sacerdote ejerciente en una localidad costera almeriense. Se trata de una próspera zona residencial, de clase media-media alta. Población joven y dinámica, en un oasis de tranquilidad. Lo que se dice un destino muy cómodo.

Desde que salió del seminario ha vestido con sotana, y nunca había sentido ningún rechazo por ello. Con una sonrisa burlona me dice que todo el mundo cree, equivocadamente, que es del Opus. Sin embargo, desde hace tres años, R. se siente incómodo. Cada vez son más frecuentes las ocasiones en que recibe insultos cuando pasea por la calle. La sotana le delata. R. está perplejo.

R. es un cura abierto y dialogante. Me cuentan que en su parroquia no se han puesto pegas a divorciados a la hora de comulgar o bautizar a sus hijos. Imparte clase en un colegio de una localidad cercana donde trata con musulmanes, con los que se lleva muy bien. Intenta comprender de dónde viene ese odio que percibe a su alrededor. Un odio que alcanzó niveles preocupantes cuando una tarde irrumpió un Mercedes en el patio de su parroquia. Sus dos ocupantes le advirtieron de que le quedaba muy poco tiempo de seguir vistiendo esa sotana.

Emulando, tal vez sin saberlo, a Muñoz Seca, les dijo que podrían quitarle la vida, pero no su amor a Jesucristo. Si un día vuelven esos energúmenos no encontrarían resistencia alguna en R.

El caso de R. no es el único. Militantes y sedes del P.P. han sido atacados en toda España. Yo mismo he sido vejado y amenazado públicamente mientras colocaba carteles de una concentración de la AVT y Peones Negros. Por no hablar del tratamiento recibido por la Policía zapaterista, identificándonos en una de esas concentraciones como a presuntos delincuentes. Al menos no hubo detención ilegal.

No le digo nada a R., pero la clave del relato se resume en 4 palabras clave: "desde hace tres años". ¿Qué pasó hace tres años que acabó con nuestra tranquilidad y nos trajo el miedo? Que llegó Zapatero. Y, con él, la voluntad de la izquierda de someter a la media España que no comulga con ruedas de molino.

Zapatero acusa a Rajoy de asustar a los ciudadanos. No es cierto. Muchos ciudadanos estamos ya asustados sin que nos lo diga Rajoy. Y sin necesidad de llevar sotana.

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miércoles, mayo 09, 2007

La pérdida

Imagino que existe mucha semejanza entre los sentimientos ante la pérdida de un ser querido y el derrumbamiento de todo el entramado de valores que han sostenido a una persona a lo largo de su vida.

Y digo imagino porque, afortunadamente, aún no he pasado por lo primero. Por desgracia, y como creo que ocurre con otros muchos españoles, me encuentro inmerso de lleno en la desesperación por la pérdida de la idea de España tal y como la he entendido hasta ahora.

La España que yo conocía no gozaba de una salud de hierro, pero nada hacía prever un fatal desenlace. A pesar de sus muchos defectos, podía incardinarse claramente dentro del concierto de los países occidentales; vivíamos en un Estado de Derecho en el que los tribunales, a pesar de barrer casi siempre a favor de los poderosos, no dejaban a estos sobrepasar ciertos límites; gobiernos de distinto signo se habían sucedido teniendo siempre la clara voluntad de no ceder al chantaje de los terroristas; las heridas del pasado parecían haber cicatrizado para siempre; en definitiva, una democracia mejorable, pero tolerable.

Esta idea ya no existe para mí. España es hoy aliada de repúblicas bananeras, y sospechosa para los países civilizados. Los inversores extranjeros huyen despavoridos ante la feroz intromisión del Gobierno en la economía. El eufemismo diálogo encubre la rendición ante los terroristas. Las víctimas del terrorismo son vilipendiadas desde el poder y sus terminales mediáticas (¿o acaso es el Gobierno la terminal política del poder mediático?). La mera defensa de los signos nacionales (bandera, himno) te convierte automáticamente en apestado. La enumeración de catástrofes podría seguir un buen rato, y con tendencia a agravarse.

Sin embargo, lo que me interesa hoy es diseccionar la evolución de los sentimientos provocados por esta dolorosa pérdida.

Una vez conocido el diagnóstico de haber entrado en estado terminal, uno se aferraba a la negación. No puede ser verdad. Decidme que no es cierto. Los que me lo cuentan están exagerando. Todos estos disparates no llegarán a más. Las instituciones acabarán funcionando, y el Estado de Derecho prevalecerá. Los españoles se darán cuenta de la estafa y reaccionarán.

La siguiente fase es la más dura, la constatación de la evidencia. Los poderes moderadores no han moderado nada. Los tribunales se han plegado a los traidores. La apisonadora mediática ha declarado la verdad oficial. El pueblo ha agachado la cabeza. La trola monstruosa (11-M) no ha sido desenmascarada. El corazón de las tinieblas. “El horror, el horror…” (Conrad/Coppola/Brando dixit). España ha muerto.

A continuación, la perplejidad al comprobar que, pese a todo, la vida sigue. Nada cambia en nuestro entorno. Las amistades siguen ajenas a nuestras preocupaciones. Los coches siguen circulando, y la Liga de fútbol se desarrolla sin mayor incidencia. Lo que para uno es importante, doloroso, trascendente, no le afecta al resto del mundo.

Por último, el relativo alivio. Se asume la pérdida. Esa idea de España ha muerto, y nunca más volveré a encontrarme con ella. Que descanse en paz. Procuraré no olvidarla nunca.

Eso sí, en honor a la difunta, jamás aceptaré suplantadoras. Esta no es la España que recibimos de nuestros padres. Esta no es la España que muchos querríamos dejar a nuestros hijos. Sed felices con ella. Que os aproveche. No os estropearemos el festín, pero no nos pidáis que participemos en él. Sois más, sois casi todos, tenéis el poder, y puede que lo tengáis siempre, pero como a Winston Smith en 1984, no nos haréis decir que dos y dos son cinco.

Y, a partir de aquí, sólo queda la fe. ¿Hay vida después de la muerte? ¿Resucitará España? Pienso que la respuesta sólo puede ser otra pregunta: ¿merecemos que eso ocurra?

Tucco/Rolón

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jueves, abril 26, 2007

Eichmann en Madrid

No por más utilizado, el recurso a lo que Hannah Arendt llamó “la banalidad del mal” resulta menos sugerente. Entre tanto ruido, este concepto podría ayudarnos a entender lo que pasó en España el 11-M.

La tragedia es que esa toma de contacto con la realidad únicamente podrá ser retrospectiva, algún día de no sabemos qué año. Los estudiosos del futuro se preguntarán cómo pudo inventarse e imponerse la monumental trola, y conseguir que fuera asumida por la generalidad una sociedad pretendidamente avanzada y democrática. Y, como Arendt, hallarán la respuesta en la burocratización de los crímenes.

El desfile de mandos policiales de estos días ante el Tribunal nos muestra con toda su crudeza los imprescindibles engranajes de la maquinaria del engaño. Tan vulgares e incompetentes como aferrados al culto a la obediencia y a la compartimentación de las responsabilidades.

Pero, siendo esto significativo, lo es aún más la actitud de otras piezas menores, casi insignificantes. Aquellos no implicados en el crimen ni en la trola, pero que pudieron haberla desenmascarado. Un sólo ejemplo, entre muchos posibles, es el de aquel policía que declaró haber visto la Kangoo casi vacía en el siniestro garaje de Canillas. Cuando el juez Gómez Bermúdez le muestra la lista de más de 60 objetos relacionados en el sumario, apremiándole a confirmar si coincidía con lo que el vio, duda durante un momento eterno y exhala un “sí, más o menos…”

Este, y no otro, es el sustrato más propicio para alumbrar los más siniestros monstruos. Las cloacas no se comportan así únicamente en este caso. El engaño, la manipulación, la creación de pruebas falsas y de falsos culpables han formado parte siempre del paisaje de las fuerzas de seguridad y de espionaje españolas (23-F, GAL, las cintas del CESID, fondos reservados…), pero si han tenido éxito es por haberse desarrollado en una sociedad burocratizada, dentro de la cual puede ejecutarse cualquier acción con tal de organizarla debidamente a través de los canales administrativos rutinarios.

La podredumbre de un Régimen que no fumigó a tiempo sus alcantarillas, pero también la degradación moral de una sociedad acrítica, anestesiada, que intuye que existe algo monstruoso, y aún así prefiere arrinconarlo en algún recóndito lugar de su memoria. La misma sociedad que, cuando se destape la gran mentira, canalizará su ira en el Eichmann de turno, incapaz de ver que el demonio puede ser (también) un insignificante agente de policía, el modesto portero de una finca o el anónimo técnico de una compañía telefónica o ferroviaria que no contaron en su momento toda la verdad.

Tucco/Rolón

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jueves, abril 19, 2007

Vista larga, paso corto y mala leche

Forjado en los tiempos del Lute, este ha sido durante muchos años el lema oficioso de la Guardia Civil. Un lema que venía a complementar a nivel operativo el más institucional de Todo por la Patria. Toda una declaración de intenciones que, en tiempos de carencia de medios, contribuyó a forjar la leyenda del Benemérito Instituto, especialmente en las zonas rurales.

Hasta que llegó El Chino, y con él la caída del mito de la Guardia Civil. El prestigio de esta ha sobrevivido a duras penas a un Director General aquejado de cleptocracia en grado máximo o a las mentiras de la UCO del coronel Hernando en la instrucción del sumario del 11-M. A lo que no podrá sobreponerse es a la estupefaciente declaración de los dos agentes que ayudaron a Jamal Ahmidan a llegar hasta su casa tras detener su vehículo, pese a encontrar en él varios cuchillos de grandes dimensiones, bolsas de ropa robada de El Corte Inglés con los precintos aún puestos, una maza de romper escaparates y un buen fajo de billetes. Por no hablar de los indicios de falsedad del pasaporte mostrado o de la actitud chulesca del presunto jefe del comando islamista, presuntamente suicidado después en la presunta gazapera de Leganés. Solamente faltaba en la estampa la suegra en el asiento de atrás que, como en el viejo chiste, le dijera al conductor: “Ya os decía yo que con un coche robado no iríamos muy lejos”.

Aparentemente, la vista larga fue transmutada en ceguera; el paso corto en genuflexión mirando a La Meca, y la mala leche en obscenos arrumacos.

Por razones análogas, no menos escandaloso ha sido el derrumbamiento del ya de por sí escaso prestigio de la cúpula policial nombrada por el Partido Popular. Al poco de ocurrir el mayor atentado de la historia de Europa, los máximos responsables de su investigación contemplan impertérritos como algunos de sus subordinados rectifican sobre la marcha sus contundentes afirmaciones sobre los explosivos utilizados, escamotean informes escritos de los mismos y, en definitiva, se ponen directamente al servicio del partido de la oposición, teledirigiendo la fabulosa operación de agitprop que condujo al vuelco electoral del 14M.

El desfile ante el Tribunal de De la Morena, Díaz Pintado y Cuadro Jaén ha mostrado con toda su descarnada crudeza la atroz incompetencia de estos sujetos, no exenta de una dosis de chulería y aderezada con el más espantoso desprecio a las víctimas plasmado en sus innumerables agujeros de memoria sobre lo acontecido aquellos días.

En ambos casos, ¿resulta todo esto verosímil? ¿No puede ser que tanta lenidad ante el delito no sea fruto de la negligencia sino del encubrimiento? ¿Prefieren ser tomados por tontos antes que por canallas?

En cuanto al P.P., ante su demostrada falta de coraje en la búsqueda de la verdad, ¿podemos pensar que no quiere que sea descubierta su incapacidad para nombrar a personas capaces y que infundan respeto, o quizás tengan también algo espantoso que ocultar?

Tucco/Rolón

miércoles, abril 18, 2007

La gazapera

Día a día se van acrecentando en el juicio del 11-M las dudas sobre la versión oficial. O, mejor dicho, día a día se van confirmando los indicios de que esta no era otra cosa que una inmensa trola. Sin embargo, pese a lo escandaloso de muchas de las revelaciones, la opinión pública no muestra significativas muestras de inquietud. ¿Qué está pasando?

Seguir el juicio en directo y asistir después a los resúmenes del mismo que hacen la mayoría de los medios de comunicación nos aboca a una irremediable esquizofrenia. Asistimos a contradicciones flagrantes en las declaraciones de policías o guardias civiles, a perjurios convictos y confesos, a refutaciones de la validez de pruebas esenciales, y lo único que aflora fuera de la sala de la Casa de Campo es que Acebes mintió antes de las elecciones y que la foto de las Azores nos hacía merecedores de lo que pasó.

Todo un país conducido a una gazapera. Otra gazapera. Como la del piso de Leganés. Alguien consiguió llevar al grupo de “pelanas”, vivos o muertos, a aquel aciago lugar para grabar el fin de fiesta de la gran trola. El mismo piso que los vecinos recordaban como sucesivamente ocupado por bandas de delincuentes de diverso pelaje. El mismo piso en el que la Policía quiso meter a “Cartagena” la mañana del 3 de abril de 2004, muchas horas antes de que oficialmente fuera descubierto. El mismo piso que lindaba, pared con pared, con el domicilio de un policía experto en escuchas y que se llevaba trabajo a casa, si es que no “trabajaba” allí mismo.

Los controladores de la opinión pública, como los de los pelanas, nos han metido en un lugar del que va a ser muy difícil salir. Manipulando meticulosamente todo lo que se divulga sobre el juicio en la totalidad de las televisiones y en la mayoría de las radios y periódicos nos ponen en la tesitura de hacer virtualmente imposible de asimilar por la opinión pública una hipotética sentencia absolutoria de los imputados. Indirectamente, meten en la gazapera al Tribunal. Mucho valor hay que tener para sustraerse a una presión tan formidable.

Pero tiene que haber una salida de la gazapera. Y debemos intentar salir de ella lo antes posible, antes de que nosotros también acabemos volando por los aires, y que en el futuro se diga que nos hemos suicidado como país. Ni siquiera quedaría entonces nadie que nos llame suicidados, en lugar de suicidas.

Tucco/Rolón

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sábado, abril 14, 2007

Huérfanos de la tormenta

Si existe un género musical maldito, ese es el rock duro. Denostado por conservadores y timoratos, no ha contado con mejor opinión en las filas progres.

Los primeros, anclados en una visión pacata y autoritaria de las costumbres, siempre han desconfiado de unos melenudos que encarnaban mejor que nadie la decadencia moral de Occidente. Por no hablar de los nostálgicos de los autos de fe, abrazados a la falsa leyenda negra satánica.

En esas condiciones, los heavies podrían haber sido convertidos en bandera de la secta de la izquierda. Nada más lejos de la realidad, pues estamos hablando de músicos, no de titiriteros. De profesionales, no de demagogos. De esforzados de la carretera, no de intelectuales de diseño. De gente auténtica, no de pijos travestidos de rebeldes.

Se les ha criticado que sus letras sólo sean evasivas, volcadas en lo fantástico (Iron Maiden)o en lo amoroso (Whitesnake), y no en el totem de "lo social".
Quizás los bienpensantes estén pasando factura de alguna manera por el pequeño granito de arena que aportaron en los años 80 muchos grupos heavies a la caída del Muro de Berlín, un tema que merecería un estudio aparte. La devoción con la que se recibía a Pink Floyd o Judas Priest en Polonia, Hungría o Checoslovaquia, era un botón de muestra del nada discreto encanto que Occidente suponía para los habitantes del "paraíso proletario". Se entiende que a sus nostálgicos no les hicieran ninguna gracia.

Pero los viejos rockeros nunca mueren. Ha llegado a mis oídos el último disco de Whitesnake "Live...in the shadow of the blues" (2006) y ha sido como entrar en el túnel del tiempo, recuperando una época de autenticidad, talento y energía, sin edades ni etiquetas.

Una banda conjuntada como pocas, donde cada uno de sus componentes entrega su virtuosismo en beneficio del conjunto. Una voz mágica, la de David Coverdale, por la que parece que no ha pasado el tiempo, y como no, la incondicional comunión con el público, en un rito taumatúrgico y purificador. Canciones inmortales, que nos hacen recorrer casi toda la historia del rock desde los primeros años 70 (Burn, Stormbringer, a lo Deep Purple), al más bestial heavy metal de Still of the night o Bad Boys, pasando por baladas escalofriantes como Is this love o por el más puro blues de Ain't no love in the heart of the city.

El panorama actual del rock duro, pese a todo, es alentador. Su nueva edad de oro la está viviendo en los países escandinavos. Una nueva hornada de jóvenes con una formación clásica apabullante están renovando el género y, aunque España siga al margen, haciendo furor en Japón y los EE.UU. Con el precedente del "guitar heroe" sueco Yngwie Malmsteen nos han venido del norte los violoncellos eléctricos de Apocalyptica o la clase de Sonata Artica.

Pero los que ya vamos para la cuarentena no olvidamos a los huérfanos de la tormenta, como dice la vieja canción de Santa:

Lentamente se apagó
una estrella solitaria en el cielo
veinte años de carretera
sus espaldas ya se sienten cansadas.
Una nueva moda los echó,
se vieron vencidos sin luchar

Son los huérfanos de la tormenta,
primogénitos de la fe.

No guardaron sus guitarras,
no quisieron enterrarlas en vida.
No cambiaron por corbatas
sus vaqueros desgastados al viento.
Mostraron el camino a seguir,
hoy están en mi recuerdo una vez mas.

Son los huérfanos de la tormenta,
primogénitos de la fe.