Eichmann en Madrid
No por más utilizado, el recurso a lo que Hannah Arendt llamó “la banalidad del mal” resulta menos sugerente. Entre tanto ruido, este concepto podría ayudarnos a entender lo que pasó en España el 11-M.
La tragedia es que esa toma de contacto con la realidad únicamente podrá ser retrospectiva, algún día de no sabemos qué año. Los estudiosos del futuro se preguntarán cómo pudo inventarse e imponerse la monumental trola, y conseguir que fuera asumida por la generalidad una sociedad pretendidamente avanzada y democrática. Y, como Arendt, hallarán la respuesta en la burocratización de los crímenes.
El desfile de mandos policiales de estos días ante el Tribunal nos muestra con toda su crudeza los imprescindibles engranajes de la maquinaria del engaño. Tan vulgares e incompetentes como aferrados al culto a la obediencia y a la compartimentación de las responsabilidades.
Pero, siendo esto significativo, lo es aún más la actitud de otras piezas menores, casi insignificantes. Aquellos no implicados en el crimen ni en la trola, pero que pudieron haberla desenmascarado. Un sólo ejemplo, entre muchos posibles, es el de aquel policía que declaró haber visto la Kangoo casi vacía en el siniestro garaje de Canillas. Cuando el juez Gómez Bermúdez le muestra la lista de más de 60 objetos relacionados en el sumario, apremiándole a confirmar si coincidía con lo que el vio, duda durante un momento eterno y exhala un “sí, más o menos…”
Este, y no otro, es el sustrato más propicio para alumbrar los más siniestros monstruos. Las cloacas no se comportan así únicamente en este caso. El engaño, la manipulación, la creación de pruebas falsas y de falsos culpables han formado parte siempre del paisaje de las fuerzas de seguridad y de espionaje españolas (23-F, GAL, las cintas del CESID, fondos reservados…), pero si han tenido éxito es por haberse desarrollado en una sociedad burocratizada, dentro de la cual puede ejecutarse cualquier acción con tal de organizarla debidamente a través de los canales administrativos rutinarios.
La podredumbre de un Régimen que no fumigó a tiempo sus alcantarillas, pero también la degradación moral de una sociedad acrítica, anestesiada, que intuye que existe algo monstruoso, y aún así prefiere arrinconarlo en algún recóndito lugar de su memoria. La misma sociedad que, cuando se destape la gran mentira, canalizará su ira en el Eichmann de turno, incapaz de ver que el demonio puede ser (también) un insignificante agente de policía, el modesto portero de una finca o el anónimo técnico de una compañía telefónica o ferroviaria que no contaron en su momento toda la verdad.
Tucco/Rolón
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