jueves, abril 26, 2007

Eichmann en Madrid

No por más utilizado, el recurso a lo que Hannah Arendt llamó “la banalidad del mal” resulta menos sugerente. Entre tanto ruido, este concepto podría ayudarnos a entender lo que pasó en España el 11-M.

La tragedia es que esa toma de contacto con la realidad únicamente podrá ser retrospectiva, algún día de no sabemos qué año. Los estudiosos del futuro se preguntarán cómo pudo inventarse e imponerse la monumental trola, y conseguir que fuera asumida por la generalidad una sociedad pretendidamente avanzada y democrática. Y, como Arendt, hallarán la respuesta en la burocratización de los crímenes.

El desfile de mandos policiales de estos días ante el Tribunal nos muestra con toda su crudeza los imprescindibles engranajes de la maquinaria del engaño. Tan vulgares e incompetentes como aferrados al culto a la obediencia y a la compartimentación de las responsabilidades.

Pero, siendo esto significativo, lo es aún más la actitud de otras piezas menores, casi insignificantes. Aquellos no implicados en el crimen ni en la trola, pero que pudieron haberla desenmascarado. Un sólo ejemplo, entre muchos posibles, es el de aquel policía que declaró haber visto la Kangoo casi vacía en el siniestro garaje de Canillas. Cuando el juez Gómez Bermúdez le muestra la lista de más de 60 objetos relacionados en el sumario, apremiándole a confirmar si coincidía con lo que el vio, duda durante un momento eterno y exhala un “sí, más o menos…”

Este, y no otro, es el sustrato más propicio para alumbrar los más siniestros monstruos. Las cloacas no se comportan así únicamente en este caso. El engaño, la manipulación, la creación de pruebas falsas y de falsos culpables han formado parte siempre del paisaje de las fuerzas de seguridad y de espionaje españolas (23-F, GAL, las cintas del CESID, fondos reservados…), pero si han tenido éxito es por haberse desarrollado en una sociedad burocratizada, dentro de la cual puede ejecutarse cualquier acción con tal de organizarla debidamente a través de los canales administrativos rutinarios.

La podredumbre de un Régimen que no fumigó a tiempo sus alcantarillas, pero también la degradación moral de una sociedad acrítica, anestesiada, que intuye que existe algo monstruoso, y aún así prefiere arrinconarlo en algún recóndito lugar de su memoria. La misma sociedad que, cuando se destape la gran mentira, canalizará su ira en el Eichmann de turno, incapaz de ver que el demonio puede ser (también) un insignificante agente de policía, el modesto portero de una finca o el anónimo técnico de una compañía telefónica o ferroviaria que no contaron en su momento toda la verdad.

Tucco/Rolón

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jueves, abril 19, 2007

Vista larga, paso corto y mala leche

Forjado en los tiempos del Lute, este ha sido durante muchos años el lema oficioso de la Guardia Civil. Un lema que venía a complementar a nivel operativo el más institucional de Todo por la Patria. Toda una declaración de intenciones que, en tiempos de carencia de medios, contribuyó a forjar la leyenda del Benemérito Instituto, especialmente en las zonas rurales.

Hasta que llegó El Chino, y con él la caída del mito de la Guardia Civil. El prestigio de esta ha sobrevivido a duras penas a un Director General aquejado de cleptocracia en grado máximo o a las mentiras de la UCO del coronel Hernando en la instrucción del sumario del 11-M. A lo que no podrá sobreponerse es a la estupefaciente declaración de los dos agentes que ayudaron a Jamal Ahmidan a llegar hasta su casa tras detener su vehículo, pese a encontrar en él varios cuchillos de grandes dimensiones, bolsas de ropa robada de El Corte Inglés con los precintos aún puestos, una maza de romper escaparates y un buen fajo de billetes. Por no hablar de los indicios de falsedad del pasaporte mostrado o de la actitud chulesca del presunto jefe del comando islamista, presuntamente suicidado después en la presunta gazapera de Leganés. Solamente faltaba en la estampa la suegra en el asiento de atrás que, como en el viejo chiste, le dijera al conductor: “Ya os decía yo que con un coche robado no iríamos muy lejos”.

Aparentemente, la vista larga fue transmutada en ceguera; el paso corto en genuflexión mirando a La Meca, y la mala leche en obscenos arrumacos.

Por razones análogas, no menos escandaloso ha sido el derrumbamiento del ya de por sí escaso prestigio de la cúpula policial nombrada por el Partido Popular. Al poco de ocurrir el mayor atentado de la historia de Europa, los máximos responsables de su investigación contemplan impertérritos como algunos de sus subordinados rectifican sobre la marcha sus contundentes afirmaciones sobre los explosivos utilizados, escamotean informes escritos de los mismos y, en definitiva, se ponen directamente al servicio del partido de la oposición, teledirigiendo la fabulosa operación de agitprop que condujo al vuelco electoral del 14M.

El desfile ante el Tribunal de De la Morena, Díaz Pintado y Cuadro Jaén ha mostrado con toda su descarnada crudeza la atroz incompetencia de estos sujetos, no exenta de una dosis de chulería y aderezada con el más espantoso desprecio a las víctimas plasmado en sus innumerables agujeros de memoria sobre lo acontecido aquellos días.

En ambos casos, ¿resulta todo esto verosímil? ¿No puede ser que tanta lenidad ante el delito no sea fruto de la negligencia sino del encubrimiento? ¿Prefieren ser tomados por tontos antes que por canallas?

En cuanto al P.P., ante su demostrada falta de coraje en la búsqueda de la verdad, ¿podemos pensar que no quiere que sea descubierta su incapacidad para nombrar a personas capaces y que infundan respeto, o quizás tengan también algo espantoso que ocultar?

Tucco/Rolón

miércoles, abril 18, 2007

La gazapera

Día a día se van acrecentando en el juicio del 11-M las dudas sobre la versión oficial. O, mejor dicho, día a día se van confirmando los indicios de que esta no era otra cosa que una inmensa trola. Sin embargo, pese a lo escandaloso de muchas de las revelaciones, la opinión pública no muestra significativas muestras de inquietud. ¿Qué está pasando?

Seguir el juicio en directo y asistir después a los resúmenes del mismo que hacen la mayoría de los medios de comunicación nos aboca a una irremediable esquizofrenia. Asistimos a contradicciones flagrantes en las declaraciones de policías o guardias civiles, a perjurios convictos y confesos, a refutaciones de la validez de pruebas esenciales, y lo único que aflora fuera de la sala de la Casa de Campo es que Acebes mintió antes de las elecciones y que la foto de las Azores nos hacía merecedores de lo que pasó.

Todo un país conducido a una gazapera. Otra gazapera. Como la del piso de Leganés. Alguien consiguió llevar al grupo de “pelanas”, vivos o muertos, a aquel aciago lugar para grabar el fin de fiesta de la gran trola. El mismo piso que los vecinos recordaban como sucesivamente ocupado por bandas de delincuentes de diverso pelaje. El mismo piso en el que la Policía quiso meter a “Cartagena” la mañana del 3 de abril de 2004, muchas horas antes de que oficialmente fuera descubierto. El mismo piso que lindaba, pared con pared, con el domicilio de un policía experto en escuchas y que se llevaba trabajo a casa, si es que no “trabajaba” allí mismo.

Los controladores de la opinión pública, como los de los pelanas, nos han metido en un lugar del que va a ser muy difícil salir. Manipulando meticulosamente todo lo que se divulga sobre el juicio en la totalidad de las televisiones y en la mayoría de las radios y periódicos nos ponen en la tesitura de hacer virtualmente imposible de asimilar por la opinión pública una hipotética sentencia absolutoria de los imputados. Indirectamente, meten en la gazapera al Tribunal. Mucho valor hay que tener para sustraerse a una presión tan formidable.

Pero tiene que haber una salida de la gazapera. Y debemos intentar salir de ella lo antes posible, antes de que nosotros también acabemos volando por los aires, y que en el futuro se diga que nos hemos suicidado como país. Ni siquiera quedaría entonces nadie que nos llame suicidados, en lugar de suicidas.

Tucco/Rolón

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sábado, abril 14, 2007

Huérfanos de la tormenta

Si existe un género musical maldito, ese es el rock duro. Denostado por conservadores y timoratos, no ha contado con mejor opinión en las filas progres.

Los primeros, anclados en una visión pacata y autoritaria de las costumbres, siempre han desconfiado de unos melenudos que encarnaban mejor que nadie la decadencia moral de Occidente. Por no hablar de los nostálgicos de los autos de fe, abrazados a la falsa leyenda negra satánica.

En esas condiciones, los heavies podrían haber sido convertidos en bandera de la secta de la izquierda. Nada más lejos de la realidad, pues estamos hablando de músicos, no de titiriteros. De profesionales, no de demagogos. De esforzados de la carretera, no de intelectuales de diseño. De gente auténtica, no de pijos travestidos de rebeldes.

Se les ha criticado que sus letras sólo sean evasivas, volcadas en lo fantástico (Iron Maiden)o en lo amoroso (Whitesnake), y no en el totem de "lo social".
Quizás los bienpensantes estén pasando factura de alguna manera por el pequeño granito de arena que aportaron en los años 80 muchos grupos heavies a la caída del Muro de Berlín, un tema que merecería un estudio aparte. La devoción con la que se recibía a Pink Floyd o Judas Priest en Polonia, Hungría o Checoslovaquia, era un botón de muestra del nada discreto encanto que Occidente suponía para los habitantes del "paraíso proletario". Se entiende que a sus nostálgicos no les hicieran ninguna gracia.

Pero los viejos rockeros nunca mueren. Ha llegado a mis oídos el último disco de Whitesnake "Live...in the shadow of the blues" (2006) y ha sido como entrar en el túnel del tiempo, recuperando una época de autenticidad, talento y energía, sin edades ni etiquetas.

Una banda conjuntada como pocas, donde cada uno de sus componentes entrega su virtuosismo en beneficio del conjunto. Una voz mágica, la de David Coverdale, por la que parece que no ha pasado el tiempo, y como no, la incondicional comunión con el público, en un rito taumatúrgico y purificador. Canciones inmortales, que nos hacen recorrer casi toda la historia del rock desde los primeros años 70 (Burn, Stormbringer, a lo Deep Purple), al más bestial heavy metal de Still of the night o Bad Boys, pasando por baladas escalofriantes como Is this love o por el más puro blues de Ain't no love in the heart of the city.

El panorama actual del rock duro, pese a todo, es alentador. Su nueva edad de oro la está viviendo en los países escandinavos. Una nueva hornada de jóvenes con una formación clásica apabullante están renovando el género y, aunque España siga al margen, haciendo furor en Japón y los EE.UU. Con el precedente del "guitar heroe" sueco Yngwie Malmsteen nos han venido del norte los violoncellos eléctricos de Apocalyptica o la clase de Sonata Artica.

Pero los que ya vamos para la cuarentena no olvidamos a los huérfanos de la tormenta, como dice la vieja canción de Santa:

Lentamente se apagó
una estrella solitaria en el cielo
veinte años de carretera
sus espaldas ya se sienten cansadas.
Una nueva moda los echó,
se vieron vencidos sin luchar

Son los huérfanos de la tormenta,
primogénitos de la fe.

No guardaron sus guitarras,
no quisieron enterrarlas en vida.
No cambiaron por corbatas
sus vaqueros desgastados al viento.
Mostraron el camino a seguir,
hoy están en mi recuerdo una vez mas.

Son los huérfanos de la tormenta,
primogénitos de la fe.

martes, abril 03, 2007

El MacGuffin

Si el 11-M fuera el guión de una película de Hitchcock, el famoso informe de Díaz de Mera jugaría el papel de MacGuffin. Una perfecta excusa argumental, en torno a la cual se tejen maquinaciones de ocultación, amenazas y conflictos entre deber y conciencia. Y, todo ello, completamente irrelevante para la verdadera trama.

Como el uranio de “Encadenados” o los 40.000 dólares robados de “Psicosis”, sólo se trata de captar la atención del espectador para llevarlo por otros vericuetos, que por mor del “mago del suspense” desembocaban en un final inesperado.

¿Qué importancia pueden tener los (evidentes) vínculos entre ETA y el terrorismo islámicos en un caso en el cual, si algo puede descartarse ya, esto es la autoría islámica?
Descartado el empleo de Goma 2 ECO en los trenes y demostrada la falsedad de las pruebas de cargo contra los pelanas de Lavapiés, ¿qué sentido tiene seguir insistiendo en aspectos circunstanciales que sólo generan confusión y distraen de lo fundamental?

La versión oficial está, además de desacreditada, acorralada, y sus defensores son conscientes de ello. Ya no se trata sólo de unos chalados conspiranoicos o de unos pocos medios de ultraderecha, sino que en la propia vista oral están siendo implacablemente desmontadas las burdas mentiras que sostenían la trola. Por ello, el asunto Díaz de Mera sólo puede servir para que los golpistas y sus secuaces nos hagan desviar la atención de la verdadera cuestión. ¿Qué estalló en los trenes? ¿Por qué se tomó a las pocas horas la decisión de ocultarlo? ¿A quién se trataba de encubrir? ¿Quién dio la orden de colocar pruebas falsas para culpar a los pelanas? Y, la más importante de todas: ¿todo fue improvisado o había algo preparado con anterioridad?

Tucco/Rolón