El cajón de las patentes escondidas
A medio camino entre la leyenda urbana y el mito progresista, es opinión generalmente aceptada en amplias capas de la sociedad que la subida del precio del petróleo está provocada artificialmente por multinacionales ávidas de beneficios. Tanto legos como personas con conocimientos (?) dan por supuesto que las grandes empresas petroleras disponen de numerosas patentes que harían funcionar a cualquier clase de máquinas por medio de otras energías alternativas, y que disfrutan escondiéndolas en un cajón para poder seguir manteniendo el tinglado del oro negro. Otro paradigma de estupidez progre enfrentado al sentido común.
De nada sirve objetar a estos disciplinados soldados del pensamiento único que su argumento encierra una contradicción que en sí misma lo invalida. Si lo único que mueve a una empresa es el ánimo de lucro, cuánto más se incrementarían sus beneficios en caso de disponer en exclusiva de un procedimiento barato y seguro de obtención de energía, sin tener que competir con otras empresas del sector y con la certeza de copar la mayor parte del mercado.
Es tan absurdo como pensar, por ejemplo, que Pony Express, la mítica empresa de diligencias del Oeste americano, hubiera tenido guardado en un cajón la patente de la máquina de vapor por miedo a que el nacimiento del ferrocarril arruinara su negocio, en lugar de utilizarla para incrementar sus beneficios.
Si a esto le añadimos el dogma del cambio climático y la motivación básicamente económica de la guerra de Irak, ya tenemos cerrado el círculo de la eterna culpa norteamericana en todos los males que aquejan al mundo.
Por increíble que parezca, esta y otras ideas gozan del fervor de toda una masa de ciudadanos que, en el fondo de su ser, desconfían del capitalismo y lo asumen como un mal inevitable. Frente a esto, sólo nos cabe discutir y argumentar sin desmayo, que siempre alguno acaba cayéndose del guindo.
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