martes, mayo 31, 2005

Vísperas de ruina y depresión

En lo que constituye la penúltima cesión a Carod-Rovira, el Gobierno acaba de autorizar que las Comunidades Autónomas puedan endeudarse en mayor proporción que la Administración Central. Un paso más hacia el precipicio.

El Tripartito es insaciable, y cada chantaje que culmina con éxito le da más ánimos para pasar al siguiente, en un circense “más difícil todavía”. Si el Estado de las Autonomías, contemplado con perspectiva, ha resultado ser la idea más nociva para la identidad de España, en términos económicos acaba de consagrarse su carácter de exterminador de la prosperidad de las generaciones futuras.

Barra libre para el endeudamiento autonómico, con el agravante de fomentar el recurso al mismo en época de crisis, lo que desembocará inevitablemente en un círculo vicioso de déficit-recesión-más déficit. Todo para mayor gloria de los reyezuelos de taifas que afianzan año tras año su poder amparados en la sacralización del hecho diferencial y en la satanización de cualquier intento de apelar a la historia común.

¿Qué país esperan gobernar estos iluminados dentro de unos pocos años? ¿Quedará algo de lo que mucho tiempo atrás fue una nación europea normal habitada por gente normal?.

Resulta duro a estas alturas tener que admitir que llevaban razón las voces que desde los estertores del Régimen anterior advertían contra la desintegración de España. Pero más duro será cruzarnos de brazos y tener el dudoso honor de ser la generación que permitió un final nada honroso para un proyecto en común de más de dos mil años.

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sábado, mayo 28, 2005

¿Ciudadanos libres o rehenes del Estado?

Según el último barómetro del CIS los españoles se siguen declarando mayoritariamente partidarios del Estado del Bienestar, apostando por un sistema público de pensiones, educación y sanidad. Los datos son tan abrumadores que podría llegar a parecer que a los liberales sólo nos cabría agachar la cabeza y hacer mutis por el foro. Nada más lejos de la realidad.

Al argumento podría dársele la vuelta. Si en verdad son tantos los adoradores de “lo público” entonces no tienen por qué temer que exista una minoría a la que no seduzca la idea, y que pueda optar por otros sistemas alternativos. Si tan convencidos están de la viabilidad de su sistema, déjennos salir de él a estos pocos inconscientes que preferimos lo que ellos llaman la ley de la selva. Si confían firmemente en la bondad intrínseca del Estado como administrador del dinero ajeno, nada deberían temer de que este renunciara a la coacción y fueran los propios ciudadanos los que voluntariamente pudieran adherirse a su infalible sistema.

En definitiva, si el Estado del Bienestar fuera una idea sana y viable, mayoritariamente aceptada y asumida, en modo alguno entraría en contradicción con un hipotético carácter voluntario del mismo.

A la vista está que no parecen estar muy por la labor de dar ese paso. Otra vez, el miedo a la libertad. En el fondo están convencidos de que, si el ciudadano pudiera elegir, las deserciones del bando estatalista serían masivas, desmintiéndose por la vía de los hechos la aparente fe ciega en el dios Estado. Como en el socialismo real, las contradicciones intrínsecas del sistema no permiten aflojar un ápice las cadenas que lo mantienen (aún) en pie.

Otro dato curioso de la citada encuesta es la significativa diferencia en los porcentajes de apoyo al sistema público de pensiones ( 73 %), a la sanidad pública ( 81 %) y a la educación pública ( 85 %). Dejo apuntada la cuestión para que algún blogger la comente.

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martes, mayo 24, 2005

Dr. Zerolo y Mr. Puerto Hurraco

Para el antiguo adepto de la secta, hablar con gente de izquierdas suele ser muy aleccionador, pues en la confianza de la complicidad es donde los interlocutores demuestran la sinceridad de sus intenciones. Desde sindicalistas que sólo ven la solución al paro en la vuelta de la mujer a sus labores domésticas hasta maestros progres que se lamentan de la inutilidad de los fondos públicos gastados en la inserción del colectivo gitano, pasando por concejales socialistas que con dos copas de más se regodean en los tópicos del machismo más trasnochado.

En la España profunda la izquierda vende, de cara a la galería, una imagen de tolerancia, progreso y modernidad. Mientras tanto sus propios votantes, en privado, muestran mayoritariamente su aversión a los inmigrantes y sus recelos hacia los homosexuales.

¿Cómo puede explicarse todo esto? La primera teoría, y la más obvia, es la del bolsillo. En las zonas rurales de Andalucía y Extremadura la frase más extendida es, curiosamente, la misma que los nacionalistas vascos entonan a modo de letanía: “aquí se vive muy bien”. No lo dudo. Entre el PER, las ayudas europeas, las pensiones no contributivas y la economía sumergida se ha creado un paraíso artificial en el que se trabaja poco y se piensa aún menos.

Otra explicación, no excluyente con la primera, sería la de la mala conciencia. Nadie se reconoce a sí mismo como racista u homófobo, pero para quien interioriza la realidad de esos sentimientos, la forma de espantarlos es adherirse borreguilmente a la opción política que dice combatirlos con más fuerza. La izquierda, así, no es más que una hipocresía generalmente aceptada, que se materializa proyectando en el otro (el P.P.) todos los males que sabe que ella misma atesora.

Sólo de esta manera puede entenderse que un partido que lanza bobadas como la “alianza de civilizaciones” y disparates como el matrimonio homosexual o el “papeles para todos” siga arrasando electoralmente en vastos territorios anclados aún a lo que se ha denominado “franquismo sociológico”. De hecho, el rescate del fantasma de la Guerra Civil actúa como banderín de enganche para que muchos (por no decir la mayoría) de los que vivían cómodamente instalados durante el Régimen anterior se construyan un pedigrí de auténticos republicanos, aunque sea a toro pasado.

Un magnífico reparto de papeles. Polanco y sus intelectuales en nómina ponen el envoltorio demagógico, mientras el socialismo de Puerto Hurraco (El País dixit) pone los votos. Al resto sólo nos cabe costear el banquete con nuestros impuestos.

viernes, mayo 20, 2005

Pantanos y memoria histórica

Mientras ZP y los amigos del Heredero jaleaban la retirada de la última estatua de Franco en Madrid, gran parte de España sufría una de las mayores sequías que se recuerdan. Sin embargo, el abastecimiento a las ciudades está más que garantizado por mucho tiempo. ¿A qué se debe este aparente milagro?.

Recuperemos la mal llamada memoria histórica, que tan de moda parece estar ahora. En los años 50 y 60 España se llenó de pantanos. Y parece ser que algo tuvo que ver en ello el señor de la estatua ecuestre. Ese hombre al que sólo falta ya que lo desentierren y que Garzón lo juzgue de cuerpo presente por genocidio y crímenes contra la humanidad. El mismo que designó como sucesor en la Jefatura del Estado al padre del amigo de los progres iconoclastas.

Ya en su época se hacían chascarrillos sobre la insistencia oficial en “la pertinaz sequía”, e incluso se le llegó a llamar con sorna “Paco Pantanos”. Quizás por ello, el revanchismo de la izquierda abomina ahora de todo lo que suene a obras hidráulicas.

Podemos reírnos de las rancias imágenes del NODO donde la voz del Régimen anunciaba la llegada del Caudillo para inaugurar tal o cual presa, pero lo cierto es que si abrimos el grifo aún sale agua, pese al brutal incremento de la población española durante las últimas décadas.

Mucho me temo que dentro de unos años los habitantes de lo que quede de España lamentarán amargamente que en su momento no se hubieran acometido las obras necesarias para no morir de sed. Eso sí, con mucho talante.

Después de treinta años de democracia, el NODO se ha transformado en PRISA, y al señor de la estatua lo ha sustituido Mr. Bean, pero los pantanos no han dado paso a los trasvases y dentro de no mucho veremos, como diría Chiquito de la Calzada, que hasta las ranas llevarán cantimplora.

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martes, mayo 17, 2005

La Linterna, en vivo

¿Qué extraña fuerza interior permite a una persona soportar la enorme presión de ser escrutado a la vez por cientos de miradas curiosas y por cientos de miles de oídos expectantes? Así compareció César Vidal el pasado lunes en el escenario del Teatro Apolo de Almería, desde donde se emitió La Linterna para toda España.

En solitario, sin trampa ni cartón y con el único burladero del micrófono azul, lo primero que llama la atención es el aplomo del personaje. Más aún teniendo en cuenta que no nos encontramos ante una figura consagrada de la radio, sino ante un erudito al que las circunstancias le han obligado a convertirse en comunicador de masas. La imagen que transmite Vidal es la del que, si hubiera un incendio en la sala, sería el último en abandonarla, sin perder la flema británica.

El inicio, sobrio pero contundente. Tras el editorial, las noticias del día ya nos permiten intuir que la velada estará marcada por la gravedad de unos acontecimientos que parecen presentarse ante nosotros en forma de pesadilla.

Mientras tanto, llama la atención del profano el funcionamiento del engranaje radiofónico de ajustes y conexiones con los estudios centrales de Madrid, mucho más simples de lo que uno espera. Sin auriculares, ni luces, ni pantallas, ni pizarras ni nada. Todo, a pelo, con un vaso de coca-cola como único atrezzo.

Contra las tópicas previsiones de ciertos conocidos míos, aún adeptos de la secta progre, la audiencia se compone esta noche en su práctica totalidad de clase media-media. El público predominante es femenino y de mediana edad, pero abundan también los jóvenes y los treintañeros. En cada pausa publicitaria, una jauría se abalanza sobre el bueno de Vidal para que les firme alguno de sus innumerables libros, respondiendo el autor con una sorprendente amabilidad y paciencia.

En cuanto al contenido del programa en sí, excelente la conversación con el Obispo de Almería, quien nos brindó la perla liberal de la noche “el Estado tendría que preocuparse en ser cada vez menos Estado, y dejar paso a la sociedad civil”. Correctas la inevitables intervenciones del representante de los regantes y del Alcalde de la ciudad. Por el contrario, lamentable la entrevista al cónsul de Lituania, y a sus dos espectaculares acompañantes femeninas. Fuera de tono, César insistía una y otra vez en el carácter de Almería como tierra de promisión, ofreciendo una imagen idílica de la inmigración que en poco se ajusta a la realidad, con absurdos chascarrillos sobre la belleza de las entrevistadas.

Por fortuna, el rumbo del programa se enderezó con la tertulia política, marcada por la claudicación del Parlamento ante el terrorismo. Especialmente inspirados estuvieron el magnífico Albiac, con su espectacular calva, y un demoledor Juan Carlos Girauta, ante un patio de butacas entusiasmado. Todo un espectáculo asistir a los gestos de incredulidad de los contertulios cuando desde Madrid se daba lectura a los titulares de la prensa del día siguiente. En especial, destacar el estupor que se apoderó de todo el auditorio cuando conocíamos las últimas revelaciones del diario El Mundo sobre los “agujeros negros” del 11-M.

Cuatro horas intensas de radio y espectáculo en estado puro, que recomiendo vivamente a quien pueda asistir a próximas salidas de La Linterna.

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lunes, mayo 16, 2005

Charanga, pandereta, Pixie y Dixie

Nadie parece tener escrúpulos en abusar de los tópicos cuando se trata de los otros, pero todos nos escandalizamos cuando los sufrimos en primera persona. Todos los grupos políticos del Parlamento de Andalucía se han unido, por una vez y sin que sirva de precedente, para aprobar una moción en la que se clama contra la “ridiculización” que se hace de lo andaluz en las series televisivas. Les molesta que se dé de los andaluces la imagen de graciosos vividores, generalmente de baja cualificación, ocupando empleos en el servicio doméstico o dando el toque folclórico.

Viendo algunos programas de Canal Sur hay que decir que esa visión, si peca de algo, es de excesivamente generosa. Si extrapoláramos al conjunto de la población andaluza los biotipos humanos que acompañan cada tarde a Juan Imedio, o los descerebrados ágrafos que envían SMS en el simulacro de debate de los miércoles por la noche, convendríamos en que más nos valdría a los andaluces contentarnos con personajes como el de la chacha de Médico de familia o el portero de Aquí no hay quien viva.

En la California de Europa, la Andalucía de la vigésimo sexta Modernización, resulta intolerable ser tenidos por haraganes que hacen de la picaresca su modus vivendi, subvencionados hasta el tuétano y enganchados por vía intravenosa al maná del Presupuesto. Pero lo triste es que en amplias zonas de la Comunidad Autónoma, y en amplios sectores de su economía, el tópico no se aleja demasiado de la realidad. La Junta es la primera empresa y, a este paso, dentro de no mucho será la única.

En la Andalucía de las cien mil culturas que coexistieron pacíficamente irradiando sus culturas ancestrales, duele mucho ser ridiculizados por los “bárbaros del norte”, los de más arriba de Despeñaperros, que dormían con las bestias mientras en Al-Andalus la gente invertía su tiempo en filosofar en lujosos baños públicos. Por desgracia, lo único que irradia ahora Andalucía son ministras de cuota que se dedican a insultar a los gallegos (“...el Plan Galicia de mierda”) o que provocan la hilaridad del país con su bochornosa ignorancia (“¿cómo que Carmen Calvo dixit?. A mí no me llama usted ni Pixie ni Dixie”).

Ciertamente, los estragos de la LOGSE y de la demencial evolución del Estado de las Autonomías son aplicables a todas las Comunidades Autónomas, pero lo que más me indigna es ese falso sentimiento de dignidad ofendida, que no se corresponde con la realidad de los esfuerzos en el día a día para desterrar unos tópicos que sólo son alimentados por la vía de los hechos por quienes más reniegan de ellos.

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viernes, mayo 13, 2005

Si reina un Borbón, esto no es Bélgica

Su Majestad D. Juan Carlos acaba de romper su tradicional silencio en cuestiones políticas. ¡Albricias!. ¿Se habrá pronunciado al fin sobre los esfuerzos de la coalición izquierdista-nacionalista por desintegrar España?. ¿Habrá, acaso, denunciado el emponzoñamiento de la convivencia entre los españoles provocado por quienes se empeñan en reabrir las heridas de la Guerra Civil?. ¿Tal vez habrá advertido del peligro que supone arrinconar y criminalizar desde el Gobierno a los diez millones de votantes del mayor partido la oposición?.

Pues no. Por desgracia, nada de eso ha sucedido. El Rey de España ha preferido responder (desde su Roma natal) a la advertencia de la Iglesia Católica sobre la incompatibilidad de su condición de católico con la sanción de la ley del matrimonio homosexual. Con la campechanía y casticismo que caracteriza a su dinastía al menos desde Tigrekan, D. Juan Carlos I ha despachado la cuestión aludiendo a su condición de “Rey de España, no de Bélgica”, refiriéndose implícitamente a la negativa de su homólogo Balduino, que renunció a la Corona durante 36 horas para no firmar una ley que despenalizaba el aborto.

Todo un ataque de locuacidad, que contrasta con la actitud pasiva y complaciente que dispensa a ZP y a su Gobierno radical y sectario. Alguien dirá que, pese a todo, se trata del Gobierno democráticamente elegido por los españoles. Cierto, pero por esa regla de tres menos motivos tiene para desairar de esa forma a la Iglesia Católica, que representa a la confesión religiosa abrumadoramente mayoritaria en nuestro país (al menos, por ahora, hasta que ZP perpetre otras dos o tres regularizaciones masivas de inmigrantes musulmanes, y futuros votantes socialistas).

Al final, va a resultar que ZP llevaba razón, y tenemos un Rey muy republicano. Quizás debamos entonces interpretar sus reales palabras (y sus reales silencios) como parte de su campaña electoral a la Presidencia de la futura República, no Española pero sí de la “Comunidad Nacional de Pueblos Libremente Asociados al Ex-Estado Español”.

Magnífico futuro le auguro a la Monarquía, si a lo anterior añadimos que el principal referente cultural del heredero de la Corona es la “colla” de Joaquín Sabina y sus amigotes, millonarios progres licenciados en el arte de jalear cubata en mano el derribo nocturno de estatuas políticamente incorrectas.

Pobre España.

Mario López
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jueves, mayo 05, 2005

Rigidez laboral: esa perfecta máquina de destruir la felicidad del hombre

Entre los numerosos falsos tópicos que, a fuerza de repetirse, acaban siendo interiorizados por la mayoría de las personas, está el mito del trabajo fijo como fuente de satisfacción laboral. A poco que nos molestemos en profundizar en la cuestión con objetividad y desapasionamiento, descubriremos que la realidad es diametralmente opuesta. De hecho, casi produce pudor tener que transitar por razonamientos tan elementales.

La primera premisa de la que hemos de partir, y la más evidente, es que dificultar el despido lleva inexorablemente aparejada la aparición de barreras de entrada al mercado de trabajo. Por prudencia, los empleadores sólo pueden responder a la rigidez laboral con una política conservadora de contratación. La consecuencia inmediata es la existencia de unas tasas de paro anormalmente elevadas en comparación con la relativa buena marcha de la economía en general, y de las empresas en particular.

El siguiente efecto colateral del intervencionismo estatal en las relaciones laborales es menos obvio, pero tanto o más demoledor. Quien consigue un empleo fijo se aferra a él con uñas y dientes, por muy infeliz que se sienta en el mismo. La alternativa se percibe, más que incierta, aterradora. ¿Adónde iba a ir yo, con el paro tan grande como hay?. ¿A mi edad empezar a buscar trabajo?. En definitiva, triunfa la tesis del más vale malo conocido que bueno por conocer.

En un mercado libre, la rotación laboral opera no solamente a favor de las empresas sino, sobre todo, de los trabajadores. Lo normal es que para encontrar aquél empleo para el que cada persona está más cualificada, en el que más realizado se siente, y que más satisfacciones le produce, haya que probar antes varias alternativas. Desde el punto de vista de la empresa, a largo plazo todos los puestos tenderán a ser ocupados por personas cuyas aptitudes se amoldarán a sus características, maximizándose la productividad, lo que a su vez repercutirá en dotar de estabilidad al sistema.

Habrá quien diga que, en la práctica, nuestro sistema es flexible, por la vía de los contratos temporales. Nada más lejos de la realidad. Esta figura pervierte el sentido de lo que se pretende, que sería únicamente cubrir necesidades puntuales, y no aborda (sólo agrava) la cuestión principal, que sería dejar de percibir un trabajo fijo como el supremo objeto del deseo.

Por culpa de este sistema irracional, erigido para mayor gloria de los demagogos que afirman preocuparse por la clase trabajadora, personas con talento arruinan toda su vida en empleos que perciben como condenas de cárcel, sin expectativas de mejora, ni facilidades para ello. Y toda la sociedad se resiente de la merma de capital humano.

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martes, mayo 03, 2005

ZP y la decadencia de España: ¿Causa o consecuencia?

Comparto el diagnóstico de aquellos que opinan que nuestro país se dirige hacia el abismo por la vía rápida. Me sumo al estupor de quienes contemplan horrorizados la resurrección de los fantasmas del pasado. Estoy de acuerdo con los que piensan que la prosperidad y la cohesión social de España tienen los días contados. Sin embargo, coincidiendo en el diagnóstico de los hechos, discrepo en cierto modo de la atribución de las culpas que suele imperar entre nuestras ya casi clandestinas filas.

La explicación más extendida pasa por achacar a ZP y a su grupo de iluminados el grueso de todos los males que nos aquejan. España se descompone por las continuas cesiones ante los buitres nacionalistas. Los terroristas renacen de sus cenizas porque esto sirve para los intereses bastardos de ZP y Patxi López. La política exterior española se escora hacia el tercermundismo más deplorable a causa de la obsesión antiamericana consustancial a la izquierda. La persecución a los católicos se desata por la creciente influencia de la masonería, y el incurable anticlericalismo de la progresía. En fin, la economía vive de las rentas de los prósperos años de gobierno del P.P., pero a punto de despeñarse por la falta de competitividad y la inevitable retirada de las ayudas europeas.

Siendo cierto todo lo anterior, pienso que estas explicaciones resultan por un lado insuficientes y, por otro lado, poco prácticas a la hora de afrontar las posibles soluciones.

Creo que la raíz del problema es básicamente generacional. Las reglas de formación de la opinión pública son bastante etéreas, pero en los últimos años asistimos a la pujanza de toda una generación, entre la que me incluyo, que está imponiendo sus criterios y expectativas, así como sus carencias y frustraciones. Madurados en plena Transición, el rasgo esencial de estos “niños del Cuéntame” es un hipertrofiado sentido de la comodidad. Mimados por unos padres que sufrieron los rigores de la posguerra, y que arrimaron el hombro para poder ofrecer a sus hijos las oportunidades que ellos no tuvieron, la vida ha sido un permanente cuento de hadas. Sistemas educativos cada vez menos exigentes, costumbres que se han ido relajando hasta extremos impensables y, en definitiva, un sistema de valores en cuya cúspide se ha instalado el hedonismo y la banalidad (ecologismo, tercermundismo, antiglobalización, eutanasia, multiculturalismo, etcétera). En definitiva, ética de bolsillo, para consumir en pequeñas dosis. No es de extrañar, por tanto, que con estos antecedentes la presa caiga fácilmente en las fauces del gran depredador de conciencias que es la izquierda.

En Márketing hay una regla de oro: si un producto no gusta a los consumidores, ni se amolda a sus necesidades, ningún esfuerzo promocional acabará teniendo éxito. ZP es el producto, y detrás de su fulgurante éxito de ventas están las ganas de los compradores de escuchar precisamente lo que la izquierda les dice. Pánico al esfuerzo. Horror ante las situaciones complejas. Pavor a los sacrificios individuales y colectivos. Apoteosis de la demagogia, y criminalización de todos aquellos agoreros que se atreven a dudar de los dogmas de la alianza de civilizaciones, la sacralización de lo público y la taumaturgia del talante.


Por mucho que nos duela, así es la España de hoy, y si pretendemos que no nos acaben echando de ella a los que no comulgamos con estas ruedas de molino, debemos tener claras una serie de cosas.
Bien está centrar las críticas en este Gobierno indecente pero legítimo, mas no olvidemos que la verdadera lucha no es la de las personas, sino de las ideas. No basta quedarse en decir que el PSOE es autoritario. Hay que denunciar que todo Gobierno tiende a ser autoritario, y que para evitar los abusos (los actuales y los futuros) hay que limitar todo poder. No resulta suficiente criticar al Gobierno por la risible iniciativa de los pisos de 30 metros cuadrados. Hay que desenmascarar al pensamiento intervencionista, verdadero culpable de los elevados precios de la vivienda, al no dejar actuar libremente al mercado. Es necesaria la crítica al monopolio de Polanco, pero seríamos más creíbles si todos creyéramos en una verdadera alternativa liberal, en la que se sustituyera el sistema de concesiones por el de libertad absoluta para radios y televisiones. Resulta imprescindible oponernos a la contrarreforma educativa, que perpetuará las aberraciones de la LOGSE, pero poco habremos avanzado si, además, no nos convencemos de que la libertad de enseñanza pasa inexorablemente por despojar al Estado de sus prerrogativas contra-natura.

En definitiva, tenemos que ser conscientes de que ZP y los suyos son la consecuencia (inevitable) de una sociedad enferma, no su causa, y nuestro descontento debe dirigirse a las raíces de la enfermedad, no a sus síntomas. Como siempre, la receta sólo puede basarse en el sentido común: más libertad, y menos Estado.



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