Comparto el diagnóstico de aquellos que opinan que nuestro país se dirige hacia el abismo por la vía rápida. Me sumo al estupor de quienes contemplan horrorizados la resurrección de los fantasmas del pasado. Estoy de acuerdo con los que piensan que la prosperidad y la cohesión social de España tienen los días contados. Sin embargo, coincidiendo en el diagnóstico de los hechos, discrepo en cierto modo de la atribución de las culpas que suele imperar entre nuestras ya casi clandestinas filas.
La explicación más extendida pasa por achacar a ZP y a su grupo de iluminados el grueso de todos los males que nos aquejan. España se descompone por las continuas cesiones ante los buitres nacionalistas. Los terroristas renacen de sus cenizas porque esto sirve para los intereses bastardos de ZP y Patxi López. La política exterior española se escora hacia el tercermundismo más deplorable a causa de la obsesión antiamericana consustancial a la izquierda. La persecución a los católicos se desata por la creciente influencia de la masonería, y el incurable anticlericalismo de la progresía. En fin, la economía vive de las rentas de los prósperos años de gobierno del P.P., pero a punto de despeñarse por la falta de competitividad y la inevitable retirada de las ayudas europeas.
Siendo cierto todo lo anterior, pienso que estas explicaciones resultan por un lado insuficientes y, por otro lado, poco prácticas a la hora de afrontar las posibles soluciones.
Creo que la raíz del problema es básicamente generacional. Las reglas de formación de la opinión pública son bastante etéreas, pero en los últimos años asistimos a la pujanza de toda una generación, entre la que me incluyo, que está imponiendo sus criterios y expectativas, así como sus carencias y frustraciones. Madurados en plena Transición, el rasgo esencial de estos “niños del Cuéntame” es un hipertrofiado sentido de la comodidad. Mimados por unos padres que sufrieron los rigores de la posguerra, y que arrimaron el hombro para poder ofrecer a sus hijos las oportunidades que ellos no tuvieron, la vida ha sido un permanente cuento de hadas. Sistemas educativos cada vez menos exigentes, costumbres que se han ido relajando hasta extremos impensables y, en definitiva, un sistema de valores en cuya cúspide se ha instalado el hedonismo y la banalidad (ecologismo, tercermundismo, antiglobalización, eutanasia, multiculturalismo, etcétera). En definitiva, ética de bolsillo, para consumir en pequeñas dosis. No es de extrañar, por tanto, que con estos antecedentes la presa caiga fácilmente en las fauces del gran depredador de conciencias que es la izquierda.
En Márketing hay una regla de oro: si un producto no gusta a los consumidores, ni se amolda a sus necesidades, ningún esfuerzo promocional acabará teniendo éxito. ZP es el producto, y detrás de su fulgurante éxito de ventas están las ganas de los compradores de escuchar precisamente lo que la izquierda les dice. Pánico al esfuerzo. Horror ante las situaciones complejas. Pavor a los sacrificios individuales y colectivos. Apoteosis de la demagogia, y criminalización de todos aquellos agoreros que se atreven a dudar de los dogmas de la alianza de civilizaciones, la sacralización de lo público y la taumaturgia del talante.
Por mucho que nos duela, así es la España de hoy, y si pretendemos que no nos acaben echando de ella a los que no comulgamos con estas ruedas de molino, debemos tener claras una serie de cosas.
Bien está centrar las críticas en este Gobierno indecente pero legítimo, mas no olvidemos que la verdadera lucha no es la de las personas, sino de las ideas. No basta quedarse en decir que el PSOE es autoritario. Hay que denunciar que todo Gobierno tiende a ser autoritario, y que para evitar los abusos (los actuales y los futuros) hay que limitar todo poder. No resulta suficiente criticar al Gobierno por la risible iniciativa de los pisos de 30 metros cuadrados. Hay que desenmascarar al pensamiento intervencionista, verdadero culpable de los elevados precios de la vivienda, al no dejar actuar libremente al mercado. Es necesaria la crítica al monopolio de Polanco, pero seríamos más creíbles si todos creyéramos en una verdadera alternativa liberal, en la que se sustituyera el sistema de concesiones por el de libertad absoluta para radios y televisiones. Resulta imprescindible oponernos a la contrarreforma educativa, que perpetuará las aberraciones de la LOGSE, pero poco habremos avanzado si, además, no nos convencemos de que la libertad de enseñanza pasa inexorablemente por despojar al Estado de sus prerrogativas contra-natura.
En definitiva, tenemos que ser conscientes de que ZP y los suyos son la consecuencia (inevitable) de una sociedad enferma, no su causa, y nuestro descontento debe dirigirse a las raíces de la enfermedad, no a sus síntomas. Como siempre, la receta sólo puede basarse en el sentido común: más libertad, y menos Estado.
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