sábado, febrero 26, 2005

28-F: Veinticinco años de infamia

A principios del pasado curso escolar, comprando los libros de mi hijo de 5 años, uno de ellos me llamó inmediatamente la atención: Cultura Andaluza para Educación Infantil. Hojeando su contenido la sorpresa se convirtió en estupor. Ilustrado con unos idílicos dibujos, el panfleto hace un estupefaciente recorrido por lo que llama “La casa andaluza”, “Las fiestas andaluzas”, “Los trajes andaluces” y, en el colmo del desvarío “Los animales andaluces”. Ya sabíamos que en el proceso de adoctrinamiento se asociaba la idea de Andalucía con una visión volcada al Bajo Guadalquivir, en cuanto al habla, paisaje, carácter, cultura, etcétera. A lo que nunca se habían atrevido, hasta ahora, era a proclamar el hecho diferencial de los animales de granja andaluces. ¿Acaso se referirán a gallinas que ponen huevos con el escudo del Betis, o a conejos devotos de la Virgen del Rocío? Tal vez se trate de cerdos en cuyos jamones se vea la cara de Chaves, como en la famosa casa de Bélmez. Por cierto, ya se pueden imaginar que la editorial de esta perla celtibérica pertenece al gran mecenas de la izquierda española, ese modesto filántropo cántabro cuya apabullante maquinaria de control mental nos acompaña a los españoles desde la cuna hasta la sepultura.

¿Cómo hemos llegado a esto? La respuesta es muy sencilla. Basta remontarse veinticinco años atrás, un 28 de Febrero de 1980. Para acceder a la autonomía había que alcanzar la mayoría absoluta en cada una de las ocho provincias en el referéndum por la iniciativa autonómica. Se consiguió en todas, excepto en Almería. La ley era clara y tajante, pero los poderes públicos prevaricaron vulnerando la Constitución, al alterar con carácter retroactivo el resultado de la consulta. Desde entonces, los almerienses deambulamos purgando nuestro pecado en el limbo del olvido y la marginación.

A los almerienses Sevilla nos queda muy lejos, física y espiritualmente. Para nosotros el Estado de las Autonomías lo único que ha conseguido es sustituir un centralismo por otro, más férreo si cabe, y autista ante nuestras carencias y demandas.

Si Almería ha salido del furgón de cola de todas las estadísticas nadie puede decir que haya sido gracias a Andalucía, sino más bien a pesar de ella. Los diez años de retraso de la A-92 son una mera anécdota comparados con las ofensivas comparaciones en materia de sanidad, educación e infraestructuras con el resto de provincias.

Con todo, lo más ofensivo es el implacable proceso de uniformización cultural que burdamente se promueve desde la Junta desde hace ya demasiados años. La exaltación de delirantes hechos diferenciales está a la orden del día, desde el arte al deporte, gozando de los altavoces propagandísticos de Canal Sur y de la sectaria administración educativa.

Nuestros escolares se saben la vida y milagros de Blas Infante mientras creen que fueron los Reyes Católicos quienes expulsaron a los moriscos. Por cierto, curioso personaje han elegido como padre de la patria andaluza. Un oscuro notario que ha pasado a la posteridad dando nombre a calles y colegios, sin haber ganado ningún escaño en las múltiples elecciones a las que se presentó. Aquí tenemos a nuestro Sabino Arana particular, quien en sus delirios achacaba los males de esta tierra a “los Rodríguez y los Fernández”. Le faltó inventarse un nuevo rH andaluz. Todo un síntoma que en su aquelarre de Ronda de 1918 eligieran como bandera andaluza la misma que enarbolaban las tropas musulmanas en su gran derrota de las Navas de Tolosa. Un victimismo premonitorio que tiene su continuidad cuando sus herederos espirituales han elegido la fecha del 28-F, que no fue sino su derrota, como día de la nación andaluza.

No hay duda de que si en algún lugar remoto de la Andalucía profunda existiera una lengua propia nos la impondrían al modo nacional-socialista de Cataluña o el País Vasco. De hecho, por surrealista que parezca, existe un grupo de profesores universitarios (¡) que sostienen que esa lengua sí que existe, pretendiendo normalizarla a partir de la escritura de las palabras tal como suenan, pero claro está, como se pronuncian en la Andalucía Occidental. Así, el iluminado principal de la iniciativa se hace llamar “Huan” y al engendro lo llaman “Andalús”. Ardo en curiosidad por saber cómo se dirán en andaluz cacique, subvención, pensionazo, voto cautivo o régimen.

Volviendo a Almería, mucho habría que discutir sobre su pertenencia o no a Andalucía. De hecho, administrativamente el reino de Andalucía sólo tuvo vigencia hasta 1833, cuando se crearon las provincias, y sólo incluía los actuales territorios de Sevilla, Huelva, Cádiz y Córdoba. El resto era el reino de Granada, con elementos geográficos, culturales e históricos claramente diferenciados. Por no hablar de la vocación levantina de nuestra economía y el carácter emprendedor de la población, a diferencia de lo que ocurre en gran parte de la Comunidad Andaluza. No voy a entrar en el tema. Las divisiones administrativas cambian con el tiempo, a medida que surgen nuevas realidades. Lo que nunca comprenderé es porqué la autonomía no se limita a la gestión descentralizada desde el punto de vista puramente técnico, sin adoptar connotaciones de exacerbación de un falso sentimiento nacionalista. Mucho nos quejamos de vascos y catalanes, pero todas las autonomías cometen pecados similares. El principal, la formación de las nuevas generaciones en la creencia de que nosotros, la tribu, somos diferentes al resto de España. Estamos sembrando vientos, y mucho me temo que acabaremos recogiendo tempestades. Eso sí, tempestades andaluzas.

Hoy, víspera del 28F, a mis hijos les dan en el colegio un “desayuno andaluz”, de pan de pueblo y aceite de oliva. Ignorante de mí, que creía que olivos había en todo el Mediterráneo. En fin, que les aproveche.

miércoles, febrero 16, 2005

Constitución, Diputación, Prostitución

¿Cuánto vale su voto, señor ciudadano? Cinco mil y la cama, señor diputado. Trato hecho. Todo sea por “Uropa”, la nueva unidad de destino en lo universal, la avanzadilla de la “paz perpetua”. En un alarde de iniciativa e imaginación, la Diputación de Almería ha anunciado que va a premiar con dotaciones presupuestarias extraordinarias a aquellos municipios en los que se registre una mayor participación en el referéndum por el Tratado Constitucional de la Unión Europea. Nada se dice de regalar un bocadillo y una entrada para el cine (euro…peo, por supuesto), pero todo se andará.

Un esperpento sólo comparable a lo ocurrido en el minúsculo pueblo almeriense de Líjar, en la Sierra de los Filabres, que a principios del siglo XX declaró unilateralmente la guerra a la República Francesa, por acuerdo solemne del Pleno de su Ayuntamiento. Se trataba de lavar el honor mancillado del rey Alfonso XIII, que recibió múltiples improperios durante una visita oficial a París. Hasta los años 90 no se firmó la paz, asistiendo incluso el embajador francés al acto de reconciliación, que concluyó con la banda municipal tocando La Marsellesa.

Ahora, gracias al referéndum europeo, Almería se convierte en la nueva reserva espiritual de lo que hace ya mucho tiempo fue Occidente, y hoy sólo es la finca de Chirac, Schroeder y Berlusconi. Un burdo intento de manipulación electoral, con todas las trazas de ilicitud. La ley es tajante en el sentido que la acción de los poderes públicos en un referéndum sólo puede ser informativa, nunca partidista. El derecho al voto es eso, un derecho, que comprende el de votar a cualquiera de las opciones, o el de quedarse en casa meditando sobre la alianza de civilizaciones o el nuevo orden internacional que ha traído ZP. Y si el Gobierno de la nación no es quién para tomar partido por ninguna opción (la abstención es una más de ellas), qué decir de la Diputación de Almería.

Casi un siglo después de su muerte, resucita el más rancio de los caciquismos, el de la compra de votos para mayor gloria del señorito. Más que ante la España profunda, cabe decir que nos encontramos ante la España abisal. Si la iniciativa tiene éxito, y los ciudadanos acuden masivamente a votar en busca de la prometida recompensa para sus respectivos municipios, la próxima vez se les puede ocurrir sortear entre los votantes jamones de pata negra o un viaje a Cuba con derecho a caer fascinado ante el tirano. A esto será a lo que ZP llama democracia de calidad.

Por mi parte, que los caciques de la Diputación sepan que yo no vendo ni el voto ni esta modesta columna. Por cierto, coincido con ellos en acudir a votar el próximo 20-F, pero con un rotundo NO al infumable bodrio que ha perpetrado Giscard d’Estaing, que no puede ser más perjudicial para los intereses de España, ni más lesivo para la salud mental de quien intente acercarse a sus extraordinariamente mal redactadas páginas. Europa, sí, pero no así.


mario@portalmeria.com

sábado, febrero 12, 2005

¿Seguro que llevamos razón?

A veces tengo la sensación de vivir en una burbuja, un microcosmos en el que impera una determinada visión de la realidad, en un marco de cómoda certidumbre. Dentro de ese pequeño mundo los habitantes bebemos de unas fuentes de información comunes, interactuamos con personas afines y compartimos los mismos enemigos y las mismas fobias.

Todo esto resulta en cierto modo inevitable cuando uno se adhiere a cualquier corriente social o política, y el liberalismo no podía ser menos. Seremos muchos o pocos, pero todos creemos ciegamente en el imperativo categórico de la defensa de la libertad individual y la limitación del poder del Estado como bases de la prosperidad económica y la realización de las personas.

Descendiendo al día a día de nuestro país, contemplamos con estupor el cariz que están tomando los acontecimientos desde que el peor socialismo de las últimas décadas se haya hecho con un poder que cada vez más va adquiriendo tintes de absoluto. España roja y rota, aislada del mundo civilizado y encaminada a medio plazo a la ruina económica.

El conflicto surge cuando salimos de nuestra burbuja de blogs liberales, COPE, Libertad Digital y poco más, que tampoco hay mucho donde elegir. El mundo exterior no solamente no comparte nuestro feroz diagnóstico, sino que parece entregarse con fruición a la tarea de desmontar los valores del liberalismo y del humanismo cristiano.

Y no me refiero solamente a la abrumadora presencia de la izquierda en los medios de comunicación y el mundo académico, sino a su innegable implantación en amplias capas de la sociedad. Cuando en nuestra vida cotidiana tratamos con numerosos familiares o compañeros de trabajo que a buen seguro no podemos etiquetar como comisarios políticos del PSOE, pero que en modo alguno comparten nuestro alarmismo, es natural que nos atenacen las dudas sobre lo atinado de nuestro diagnóstico.

¿No nos estaremos pasando de rosca? ¿Nos habrán comido también el tarro, aunque en el bando opuesto? ¿Acaso somos como el loco de la autopista, que se asombra de cuántos coches circulan en sentido contrario?.

Dudar es siempre saludable. Del mismo modo que el ejercicio físico es bueno para el cuerpo, la práctica de la duda metódica mantiene engrasadas las neuronas. Nos obliga a salir de la burbuja y entrar en las pantanosas aguas del razonamiento frío y objetivo. Con frecuencia el resultado del análisis racional es imprevisto, superando incluso el pesimismo de nuestras intuiciones.

Por muy benévolos que pretendamos ser, o nos esforcemos en ponernos en el punto de vista de los progres, la realidad es terca, y se empeña en demostrarnos que la situación es ciertamente grave. Centrémonos en los hechos. Militantes de la oposición detenidos por aparecer en una foto, sin que medie delito ni denuncia. El Presidente del partido en el poder postrado ante el decano de los tiranos sanguinarios, proclamando a los cuatro vientos su fascinación por el personaje. Irresponsable política inmigratoria de puertas abiertas, en contradicción con las del resto de países europeos. Persecuciones religiosas selectivas, con ataques al cristianismo y concesiones al Islam. Sospechosa connivencia de los gobernantes con los separatistas cómplices del terror. La carrera diplomática dedicada al espionaje a la vida privada de un expresidente del Gobierno. Intento de asalto al Consejo de Administración del segundo banco del país. Política de medios de comunicación, y diríase que el resto de políticas, dictada por el poder fáctico fácilmente reconocible. Satanización de la oposición, a la que se intenta acorralar con cualquier pretexto. Y así, todo. Peor aún, tenemos la sensación de que aquí puede suceder ya cualquier cosa imaginable.

Sí, puede que vivamos en una burbuja, pero el que esta sea una de las más pequeñas entre todas las burbujas no necesariamente nos quita la razón. No tengamos miedo de denunciar tanto disparate. Muy posiblemente nos quedemos cortos. Si, pese a todo, la sociedad sigue haciendo oídos sordos a los avisos, que al menos no sea porque nadie haya querido exponerse a ejercer la ingrata tarea de destapar la mugre que se esconde tras el barniz del talante, el buen rollito y la falsa fraternidad universal.

miércoles, febrero 09, 2005

Seguridad Social: atraco perfecto

La primera ley no escrita para un delincuente es evitar que lo descubran. Para ello, lo ideal es que la víctima no llegue siquiera a enterarse. En el mal llamado Estado del Bienestar, el de mucho Estado y poco bienestar, todos somos víctimas del robo perfecto. Un butrón mensual en los bolsillos de los trabajadores, por el que se esfuma sin dejar ni rastro una parte nada despreciable de nuestros ingresos.

Me refiero a las cotizaciones empresariales a la Seguridad Social. Cuando recibimos la nómina del mes se nos presenta una cantidad bruta, a la que se practican las pertinentes retenciones en concepto de IRPF y seguros sociales. En este último caso, la cuota fija es del 4,70%, una cifra que en principio se antoja perfectamente asumible. Razonable, si no fuera porque se nos ha escamoteado el conocimiento de una realidad que trastocaría nuestra concepción del sistema público de sanidad y de pensiones.

Lo que no aparece en ninguna nómina es la cantidad que la empresa paga realmente por el trabajador, a la cual se aplica a rajatabla un tipo del 23,60%. Una cantidad significativa que se esfuma justo delante de nuestras narices, sin que lleguemos a olerla. Los trabajadores tienen una vaga idea de que algo así sucede, pero se percibe como algo que queda en el limbo de la gestión burocrática, y en el ámbito puramente empresarial. La individualización de esta cantidad desterraría la idea generalmente aceptada de que la sanidad es gratuita. Gratis no hay nada. Lo que tenemos es una tarifa plana coactiva. Más madera para alimentar al monstruo del gasto público. Una orgía de derroche, viéndonos obligados al final a pagar dos veces por lo mismo contratando un seguro privado.

Se suele decir que el Estado es ineficiente porque no conoce la competencia. En realidad el Estado sí que compite, aunque sea abusando de su posición dominante, en la lucha ideológica contra los que abogan por quitarle poder, y devolver libertad a los individuos. En la propaganda, que no en la gestión, el Estado sí se va haciendo más eficiente, controlando todos los resortes para ganarse a la opinión pública. El ocultamiento de la realidad es el primero de ellos, y el ejemplo de las cotizaciones empresariales lo ilustra a la perfección.



domingo, febrero 06, 2005

Empresarios: presuntos culpables

No sabemos qué ha hecho más daño al periodismo, si el embrutecimiento lingüístico provocado en las nuevas generaciones por la LOGSE o la fuerte ideologización que anida en todas las redacciones, convertida en un elemento más del paisaje, junto al mobiliario o los ordenadores.

Por lo general, el sesgo izquierdista se adivina en cuestiones directamente vinculadas con la información política, convertida en campo de batalla donde las noticias se utilizan como armas arrojadizas o como herramientas de desgaste y adoctrinamiento.

En otras ocasiones, como esta a la que me voy a referir, no se trata del empleo consciente de la prensa con fines propagandísticos, sino del afloramiento a la superficie del inconsciente antiliberal y anticapitalista del periodista de turno, botón de muestra del estado general de la profesión.

En un Juzgado de lo Penal se extraviaron recientemente una serie de expedientes, de forma sospechosa. Al poco tiempo, una garganta profunda dentro del órgano judicial al diario local (La Voz de Almería) el nombre de los encausados en los expedientes desaparecidos. ¿Quiénes son?. La respuesta no vendrá después de la publicidad. La respuesta no vendrá, porque el medio opta por no publicarla. ¿Prudencia?. ¿Inconsistencia de la fuente?. Al parecer, ni lo uno ni lo otro, porque el titular en primera plana del 4/02/2005 apuesta por extender la sospecha a todo un grupo social: “Los expedientes desaparecidos podrían corresponder a casos de empresarios y narcotraficantes”.

La yuxtaposición no puede ser más explícita. Empresarios y narcotraficantes. Le falta añadir “y otros criminales de la misma calaña”. Las sutilezas quedan para otros medios más refinados. Aquí se asocia de una forma nada subliminal el ejercicio de la actividad empresarial con la presunción de estar cometiendo algún tipo de delito.

Lamentablemente, la enfermedad no está circunscrita al periodismo. Para amplias capas de la sociedad un empresario es, por definición, explotador, más aún cuanto más exitosa sea su trayectoria. Algo de razón debía llevar Max Weber cuando explicaba el desarrollo económico de los países anglosajones por el triunfo de la ética protestante, la del trabajo, en contraposición al atraso de los países católicos. Tal vez todo se reduzca a la envidia, el pecado nacional.

En cualquier caso, a la vista está que hemos avanzado muy poco en cuanto a la formación de una mentalidad emprendedora, que valore la iniciativa y la asunción de riesgos empresariales. Puestos a distinguir entre empresarios honestos y corruptos, habría que recordar aquellos tiempos no tan lejanos en los que el mismísimo Ministro de Economía proclamaba ufano que España era el país en el que uno podía hacerse más rico en menos tiempo. ¡Que se lo digan a él y a su banda!.

mario@portalmeria.com

sábado, febrero 05, 2005

Y a mí...¿quién me ayuda?

El Gobierno acaba de aprobar una partida multimillonaria para ayudar a aquellos agricultores afectados por la reciente ola de frío que no tuvieran suscrito el correspondiente seguro.

Nada que objetar, si el Gobierno fuera una entidad privada responsable de sus actos ante una junta de accionistas, o una entidad de caridad con discrecionalidad para gastar sus fondos. Pero no lo es. Y tampoco es suyo el dinero que generosamente reparte a todo un colectivo cuyo único argumento es el de haberse constituido en grupo de presión.

No haber contratado un seguro que les cubriera de las inclemencias climáticas fue de una decisión libremente adoptada. Una elección puramente empresarial, habiendo optado por un mayor beneficio a cambio de una mayor prima de riesgo. Si no hubiera habido temporal, ¿hubieran estado dispuestos a pagar más impuestos de los estrictamente exigibles?.

A partir de ahora, ¿qué agricultor en su sano juicio estará dispuesto a asegurarse, sabiendo que siempre acudirá el Gobierno de turno con el maná de las subvenciones?. Esto sí que es una ayuda, y no la del primo de Zumosol. Claro que, para primos, los ciudadanos de pie que pagamos religiosamente los impuestos, sin que nadie nos pregunte si queremos solidarizarnos con estos pobres desgraciados.

¿Desgraciados? La práctica totalidad de los productos agrícolas están subvencionados de una u otra forma. La libre competencia de terceros países es una quimera, en medio de la maraña de contingentes y restricciones. Como contribuyentes y como consumidores pagamos doblemente para sostener artificialmente un sector poco o nada competitivo, perpetuando los privilegios de una nueva casta de afortunados. ¿Por qué en textiles, calzados, banca o astilleros se deja actuar al mercado y en agricultura no?.

Alguien dirá que se trata de evitar la despoblación de las zonas rurales, con peores condiciones de vida que las ciudades. ¿De qué país hablan?. Hoy, en España, las grandes aglomeraciones urbanas y las zonas más dinámicas económicamente están gravemente discriminadas respecto a las pequeñas poblaciones rurales y subsidiadas. En las primeras la presión migratoria es tan fuerte que la educación y la sanidad están colapsadas, mientras en las segundas se mantienen costosos equipamientos sin unas ratios de población que las justifiquen. La nula flexibilidad de la burocracia impide la transferencia de recursos. Como no se puede trasladar a maestros o médicos del campo a la ciudad, y tampoco hay dinero para contratarlos en las zonas emergentes, se crea la distinción ente ciudadanos de primera (en zonas poco productivas) y ciudadanos de segunda (en zonas muy productivas).

Si lo que quieren es que emigremos y nos reconvirtamos en bucólicos pastorcillos, llevan todas las de ganar. Pero, entonces, ¿quién va a seguir sosteniendo el chiringuito?.

tucco@andaluciajunta.es



jueves, febrero 03, 2005

Hombres y robots: cambio de papeles

Un científico coreano, que al parecer nada tiene que ver con el Dr. No ni con Fu-Manchú, ha anunciado recientemente la viabilidad técnica de fabricar robots inteligentes, capaces de razonar, sentir pasión e incluso reproducirse. Estas criaturitas podrían experimentar una serie de sentimientos tales como la felicidad y la tristeza, o sensaciones como el miedo, el sueño y el hambre.

Pensar, sentir, soñar... Capacidades hasta ahora en posesión exclusiva de los seres humanos, y que en el futuro pueden extenderse a la masa inerte. La consecuencia última, lógica e inevitable de esta inquietante fantasía científica sería la adquisición por estos seres mecánicos del rasgo más genuinamente humano, el cogollo de la lechuga, que no es otra cosa que el libre albedrío.

Mientras los robots se encaminan a pasos agigantados hacia su humanización, los seres humanos parecen decididos a despeñarse en los abismos de la mecanización. No me refiero a la mecanización de los procesos productivos o de las tareas cotidianas, la que nos trae prosperidad y bienestar, sino a la de las mentes y la de las almas. Si el siglo XX fue el de las ideologías totalitarias (comunismo, fascismo) que nos dejaron decenas de millones de muertos, en el siglo XXI asistimos a la aparentemente extraña alianza estratégica entre los herederos espirituales del Gulag y un Islam reforzado, con más ganas que nunca de devolvernos a todos a la Edad Media.

Islam y Socialismo. Grandes fábricas uniformadoras de conciencias, generadoras de robots que funcionan con un código de memoria ROM grabado a fuego: el culto al Libro, el único libro, en el primer caso, y el culto al Estado, el verdadero ser supremo, en el segundo. ¿Seres humanos? No, sólo máquinas manejadas desde el teclado de los ulemas o de los todopoderosos burócratas. Sin margen para la libertad humana. No sorprende, por tanto, la alianza entre los enemigos naturales de la libertad. El odio al liberalismo occidental justifica la provisional unión contra-natura. Tiempo habría después para ajustar cuentas entre ellos.

Pese a todo, perderán la guerra. A título de ejemplo, ni las bombas de Al Zarqawi, ni los editoriales de la prensa europea, ni tan siquiera la miserable retirada de las tropas españolas, han conseguido hacer fracasar las elecciones en Iraq. Entre tanto, Internet derriba los muros de los poderes fácticos fácilmente reconocibles y consagra una libertad de expresión universal. No en vano, desde El País se arremetía hace poco contra la proliferación de blogs. Penosa impotencia ante la pérdida del monopolio de la verdad.

Puede que algún día los robots sean casi humanos. Lo que nunca sucederá es que los humanos acabemos siendo robots. La libertad, como la vida, florece en las condiciones más adversas.


tucco@andaluciajunta.es


miércoles, febrero 02, 2005

El arte de doblepensar

Muchas veces me pregunto si el doblepensador nace o se hace. Lo que está fuera de duda es que el tiempo acaba juntando a la mayoría de ellos en las verdes praderas del progresismo. La vieja guardia roja domina como nadie el retruécano dialéctico de conseguir que un mismo hecho pueda ser interpretado de dos formas antagónicas. Será cosa del ADN estalinista que habita en lo más recóndito de estas células nada durmientes.

Cuando la izquierda tomaba las calles con la excusa del desastre del Prestige y la Guerra de Irak la intelectualidad de guardia se extasiaba ante lo que denominaba el despertar de la sociedad civil. El Gobierno de Aznar había perdido toda la legitimidad, y el Parlamento debía someterse al criterio del que más fuerte gritara. Especialmente complacido se mostraba el aparato mediático de la galaxia progresista con el hecho de haber captado para la causa a buena parte de la juventud, otrora atrapada en las garras de la reacción. Como siempre, la izquierda daba rienda suelta a su complejo de hiperlegitimación, destapando el tarro de las esencias (acoso a sedes del PP, persecución de sus cargos públicos y acoso social a militantes y simpatizantes). Todo valía, pues no era otra cosa que la expresión espontánea de la rabia del pueblo, legítimamente conducida por sus eternos guías.

Ingeniería política funcionando con precisión de reloj suizo para alcanzar el fin último y diríase que único, el poder. Pero no menos complicado que alcanzarlo es mantenerlo. Muy escarmentados de lo ocurrido en 1996, se trata de no dejar ahora el mínimo resquicio por el que se pueda colar el veneno de la protesta y el descontento público.

La izquierda es malvada, pero no tonta. Nadie como ella conoce la falsedad de sus propios postulados. El pueblo solamente es un recurso retórico, un sujeto del que se desconfía y al que hay que controlar férreamente. La táctica es clara. Ante el empuje de las olas, hay que levantar un dique de contención, en forma de aparente normalidad. Y aquí es donde vuelve a entrar en juego el agit-prop, pero en versión apóstoles de la moderación. Los verdaderos radicales son los del PP, que no acaban de digerir la derrota electoral, y enseñan su verdadero rostro de tintes ultraderechistas. Lo que antes eran espontáneas concentraciones juveniles que llevaban la verdadera voz del pueblo al Parlamente ahora son siniestras campañas orquestadas que pretenden suplantar la legítima voluntad del país, que se expresa a través de sus representantes. Quien se atreva a alertar sobre los paralelismos entre la España actual y la de 1934 es un peligroso alarmista, tendencioso y radical, mientras quien reabre las fosas de la Guerra Civil es un esforzado recuperador de la memoria histórica.

Doblepensar (Orwell dixit) en estado puro. Belloch clama contra Jiménez Losantos. Los radicales son los moderados, y los que se defienden son los radicales. Bono frente a la AVT. El farsante es el agredido, y los agredidos son los agresores. Nacionalismo periférico (tolerable, respetable) frente a nacionalismo español (pernicioso, nocivo). La verdad es la mentira, y la mentira es la verdad.

tucco@andaluciajunta.es