28-F: Veinticinco años de infamia
A principios del pasado curso escolar, comprando los libros de mi hijo de 5 años, uno de ellos me llamó inmediatamente la atención: Cultura Andaluza para Educación Infantil. Hojeando su contenido la sorpresa se convirtió en estupor. Ilustrado con unos idílicos dibujos, el panfleto hace un estupefaciente recorrido por lo que llama “La casa andaluza”, “Las fiestas andaluzas”, “Los trajes andaluces” y, en el colmo del desvarío “Los animales andaluces”. Ya sabíamos que en el proceso de adoctrinamiento se asociaba la idea de Andalucía con una visión volcada al Bajo Guadalquivir, en cuanto al habla, paisaje, carácter, cultura, etcétera. A lo que nunca se habían atrevido, hasta ahora, era a proclamar el hecho diferencial de los animales de granja andaluces. ¿Acaso se referirán a gallinas que ponen huevos con el escudo del Betis, o a conejos devotos de la Virgen del Rocío? Tal vez se trate de cerdos en cuyos jamones se vea la cara de Chaves, como en la famosa casa de Bélmez. Por cierto, ya se pueden imaginar que la editorial de esta perla celtibérica pertenece al gran mecenas de la izquierda española, ese modesto filántropo cántabro cuya apabullante maquinaria de control mental nos acompaña a los españoles desde la cuna hasta la sepultura.
¿Cómo hemos llegado a esto? La respuesta es muy sencilla. Basta remontarse veinticinco años atrás, un 28 de Febrero de 1980. Para acceder a la autonomía había que alcanzar la mayoría absoluta en cada una de las ocho provincias en el referéndum por la iniciativa autonómica. Se consiguió en todas, excepto en Almería. La ley era clara y tajante, pero los poderes públicos prevaricaron vulnerando la Constitución, al alterar con carácter retroactivo el resultado de la consulta. Desde entonces, los almerienses deambulamos purgando nuestro pecado en el limbo del olvido y la marginación.
A los almerienses Sevilla nos queda muy lejos, física y espiritualmente. Para nosotros el Estado de las Autonomías lo único que ha conseguido es sustituir un centralismo por otro, más férreo si cabe, y autista ante nuestras carencias y demandas.
Si Almería ha salido del furgón de cola de todas las estadísticas nadie puede decir que haya sido gracias a Andalucía, sino más bien a pesar de ella. Los diez años de retraso de la A-92 son una mera anécdota comparados con las ofensivas comparaciones en materia de sanidad, educación e infraestructuras con el resto de provincias.
Con todo, lo más ofensivo es el implacable proceso de uniformización cultural que burdamente se promueve desde la Junta desde hace ya demasiados años. La exaltación de delirantes hechos diferenciales está a la orden del día, desde el arte al deporte, gozando de los altavoces propagandísticos de Canal Sur y de la sectaria administración educativa.
Nuestros escolares se saben la vida y milagros de Blas Infante mientras creen que fueron los Reyes Católicos quienes expulsaron a los moriscos. Por cierto, curioso personaje han elegido como padre de la patria andaluza. Un oscuro notario que ha pasado a la posteridad dando nombre a calles y colegios, sin haber ganado ningún escaño en las múltiples elecciones a las que se presentó. Aquí tenemos a nuestro Sabino Arana particular, quien en sus delirios achacaba los males de esta tierra a “los Rodríguez y los Fernández”. Le faltó inventarse un nuevo rH andaluz. Todo un síntoma que en su aquelarre de Ronda de 1918 eligieran como bandera andaluza la misma que enarbolaban las tropas musulmanas en su gran derrota de las Navas de Tolosa. Un victimismo premonitorio que tiene su continuidad cuando sus herederos espirituales han elegido la fecha del 28-F, que no fue sino su derrota, como día de la nación andaluza.
No hay duda de que si en algún lugar remoto de la Andalucía profunda existiera una lengua propia nos la impondrían al modo nacional-socialista de Cataluña o el País Vasco. De hecho, por surrealista que parezca, existe un grupo de profesores universitarios (¡) que sostienen que esa lengua sí que existe, pretendiendo normalizarla a partir de la escritura de las palabras tal como suenan, pero claro está, como se pronuncian en la Andalucía Occidental. Así, el iluminado principal de la iniciativa se hace llamar “Huan” y al engendro lo llaman “Andalús”. Ardo en curiosidad por saber cómo se dirán en andaluz cacique, subvención, pensionazo, voto cautivo o régimen.
Volviendo a Almería, mucho habría que discutir sobre su pertenencia o no a Andalucía. De hecho, administrativamente el reino de Andalucía sólo tuvo vigencia hasta 1833, cuando se crearon las provincias, y sólo incluía los actuales territorios de Sevilla, Huelva, Cádiz y Córdoba. El resto era el reino de Granada, con elementos geográficos, culturales e históricos claramente diferenciados. Por no hablar de la vocación levantina de nuestra economía y el carácter emprendedor de la población, a diferencia de lo que ocurre en gran parte de la Comunidad Andaluza. No voy a entrar en el tema. Las divisiones administrativas cambian con el tiempo, a medida que surgen nuevas realidades. Lo que nunca comprenderé es porqué la autonomía no se limita a la gestión descentralizada desde el punto de vista puramente técnico, sin adoptar connotaciones de exacerbación de un falso sentimiento nacionalista. Mucho nos quejamos de vascos y catalanes, pero todas las autonomías cometen pecados similares. El principal, la formación de las nuevas generaciones en la creencia de que nosotros, la tribu, somos diferentes al resto de España. Estamos sembrando vientos, y mucho me temo que acabaremos recogiendo tempestades. Eso sí, tempestades andaluzas.
Hoy, víspera del 28F, a mis hijos les dan en el colegio un “desayuno andaluz”, de pan de pueblo y aceite de oliva. Ignorante de mí, que creía que olivos había en todo el Mediterráneo. En fin, que les aproveche.


